BRINDIS LITERARIO EN PARÍS

Es el bar del momento en Saint Germain des Prés. Se llama Cravan, en honor al poeta dadaísta, y no sólo despacha tragos sino también libros. Ocupa un edificio esquina que data del siglo XVII y su moderna propuesta está liderada por un gastrónomo culto que se asoció con Möet Hennessy para esta aventura.

El historiador, gastrónomo y mixologista Franck Adoux había abierto hace unos años el pequeño Cravan en el distrito 16: para ser más exactos, en la planta baja de un edificio de Hector Guimard en la rue Jean de la Fontaine, donde su bar inspirado en Arthur Cravan (poeta y boxeador de origen suizo considerado precursor del dadaísmo) tomó la posta del viejo Café Antoine.

El pasado setiembre redobló la apuesta y, con la carta blanca que le dio Möet Hennessy para llevar adelante su nuevo proyecto, abrió el nuevo Cravan de Saint Germain de Prés, un templo vanguardista que conjuga el arte de los cocktails y literatura de manera muy singular, con tres bares a falta de uno, una pequeña librería y alguna que otra sorpresa más.

El diseñador belga Ramy Fischler, autor de laureados proyectos que van de los espacios domésticos a los industriales, pasando por joyerías, casas de moda y restaurantes, fue convocado para hacerse cargo del diseño del lugar. Imaginó el viejo edificio como un collage dadaísta, con el correspondiente toque de surrealismo y sin olvidar la prosapia literaria del barrio.

En la planta baja está el primero de los tres bares: un espacio intimista que rinde homenaje al Cravan original, con su mostrador clásico, sus sillas Thonet, sus banquetas de cuero y su aire Belle Époque que contrasta deliberadamente con la puesta en escena del resto del edificio.

En el primer piso, un segundo bar gana aires de drugstore moderno, con paredes tapizadas de espejos, una barra de mármol bicolor y clima teatral; mientras que en el tercer piso, el último bar propone la intimidad de tres pequeños salones, cada uno con su chimenea, vigas de madera en el techo y una modernísima barra en piedra y metal detrás de la que asoman botellas tentadoras y velas que redondean la calidez del ambiente.

El segundo piso del edificio está consagrado a la librería, filial de la neoyorquina Rizzoli, en la que hay lugar para una pequeña selección de libros (curada por Adoux y el editor Ian Luna), estanterías móviles en metal y sillones con vista a la plaza St. Germain.

Coronando el edificio, ya en la azotea, un kiosco a la antigua con vista al bulevar y a las mansardas del barrio se desdobla en pequeño cine, y abre cada tarde para un reducidísimo número de personas.

La carta de los dos primeros bares se extiende en entradas, platos y postres varios, tragos clásicos, cocktails de autor, royals en base a champagne e incluso soft drinks para los abstemios; al tiempo que en el bar del tercer piso sólo despachan tragos embotellados, elaborados en sociedad con las destilerías Maisons y Nusbaumer. Como cabe suponer, el menú de la casa se complementa con una nutrida agenda cultural que, según dicen, no desentona con el pasado culto de Saint Germain des Prés.