UN AEROPUERTO DE ENSUEÑO

Nueva vida para un viejo ícono de Nueva York: diseñada por el arquitecto Eero Saarinen en 1962, la vieja terminal de Trans World Airlines en el aeropuerto JFK acaba de renacer como hotel. Y como cabe suponer, no es un hotel cualquiera. Embarquen y vean.

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Desde 2001, cuando fue cerrada al público, la terminal diseñada por el célebre arquitecto de origen finlandés no veía pasajeros. Hoy está convertida en el atractivo lobby del flamante hotel que TWA estrenó la noche del 15 de mayo en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy. Y los dos pasillos que históricamente conducían a las puertas de embarque, ahora llevan a los viajeros con reserva rumbo a las 512 habitaciones del hotel.

Con una ambientación que homenajea a la Jet Age de la aviación norteamericana, todas ellas tienen muebles con licencia de la casa Knoll (incluyendo sillas, sillones y mesas Saarinen); baños con espejos de inspiración hollywoodense, que remedan los tocadores femeninos del viejo restaurante Four Seasons de Manhattan; un pequeño Martini bar diseñado en nogal, espejo, vidrio y metal; teléfonos vintage de disco reconvertidos digitalmente; y amenities que replican los viejos artículos de aseo de los aviones. Naturalmente, todas cuentan con vista a las pistas del aeropuerto y ventanas de piso a techo para no perder detalle de lo que ocurre fuera. Del sistema curtain wall del nuevo edificio de dos alas que alberga al hotel propiamente dicho se ocupó la firma Fabbrica, y aseguran que es el segundo más ancho del mundo, sólo superado por el que usa la Embajada de Estados Unidos en Londres. Por ello mismo, todo ruido exterior (incluyendo el del motor de los aviones que aterrizan y despegan) queda virtualmente cancelado. 

En el glorioso lobby no falta, por supuesto, la icónica pantalla de doble solapa que antiguamente anunciaba la partida y la llegada de los vuelos en la terminal. A modo de pequeño museo, un fascinante despliegue de memorabilia incluye desde valijas hasta autos de mediados del siglo XX e ilustra sobre la estética de la época dorada de la aviación. Para más datos, la New York Historical Society se ocupará de curar las muestras temporales periódicas, que exhibirán desde uniformes de la tripulación hasta los más variados artefactos vinculados con el arte de volar.

Hay salas de reuniones, eventos y ballrooms capaces de albergar, sumados, hasta 1.600 invitados; un restaurante, bautizado Paris Café, del que se ocupa el famoso chef Jean Georges Vongerichten; un bar, The Sunken Lounge, que despacha clásicos de los años 60 como el Old Fashioned y tragos de la casa como el Come Fly With Me, que le hace una guiñada al disco de Sinatra; un patio de comidas al paso; una tienda de productos TWA (y en breve otra de la marca de relojes Shinola); y hasta una piscina en las alturas, con vista a la pista de aterrizaje y su infaltable Pool Bar en el deck.

Y rematando los delirios, un cocktail lounge que funciona dentro de un viejo avión en desuso: Connie, un Lockheed Super Constellation de 1958.

Los curiosos, los viajeros en tránsito y los ejecutivos que no deseen pasar la noche en este hotel pero no quieran quedarse con las ganas de conocerlo, pueden usar parte de las instalaciones: hay pases para el gigantesco gimnasio (9 mil metros cuadrados) a 25 dólares, y estadías cortas (cuatro horas para una siesta y una ducha antes de emprender el regreso a casa) a partir de 139. Por lo demás, el acceso a las tiendas, el bar, el restaurante e incluso el cocktail lounge a bordo es abierto al público en general.

Evidentemente, no es un sitio para alérgicos a los hoteles temáticos, y vale anotar que las críticas de los medios especializados tras el estreno no han sido unánimemente elogiosas. Pero dada la originalidad de la propuesta y la prosapia del lugar, cabe preguntarse: ¿dan ganas de hacer una escala?

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