UNA NAVIDAD EN LOS ABRUZOS
A años luz de distancia del arbolito del Rockefeller Center y de los surfistas disfrazados de Papá Noel en Bondi Beach. Así es la Navidad en este rincón (casi) olvidado de Italia. Mientras un nuevo diciembre se acomoda en el calendario y los viajeros planean brindis aquí y allá, esta pequeña crónica evoca un par de noches y días mágicos en Santo Stefano di Sessanio, a la sombra de los Apeninos y al calor de un hotel único.
A bordo del coche Pullman de L’Arpa rumbo a L’Aquila, aquel sábado 24 de diciembre de 2016, a nadie parecía importarle la numeración de los asientos. De hecho, A. y yo ocupamos dos que no nos correspondían. ¿Qué importancia podía tener ese detalle? Ya nos habíamos contagiado del espíritu relajado, familiar y muy latino que reinaba desde temprano en la estación Tiburtina, el paisaje se adivinaba emocionante a través de las ventanillas y todo cuanto podíamos necesitar durante la escasa hora y media que mediaba entre Roma y nuestro destino en los Abruzos lo teníamos a mano: tres o cuatro periódicos que, redondeando el año, resumían las noticias de un país tan emocionante como su geografía. Los titulares citaban libros de Oriana Fallaci (“la rabia y el orgullo” de Cristian y Luca, los dos jóvenes héroes que le habían dado captura al terrorista tunecino responsable del asesinato de una docena de personas en un mercado navideño de Berlín); los suplementos dedicaban páginas y más páginas a evocar celebridades locales desaparecidas en los últimos 12 meses (Umberto Eco y Ettore Scola, por mencionar dos); y las páginas culturales regalaban noticias que le venían como anillo al dedo a nuestro grand tour italiano: la puesta en escena de un Pirandello en el Piccolo Teatro de Milán, la prórroga de una aclamada exposición sobre el Orlando Furioso en el Palacio de los Diamantes de Ferrara.
Nunzio, el veteranísimo taxista con el que habíamos combinado el traslado hasta el hotel, nos estaba esperando en el andén, al pie del ómnibus; y el corto camino entre L’Aquila y Santo Stefano di Sessanio fue otra delicia. Brillaba en el cielo un sol digno de los Scorta y nuestro chofer tuvo tiempo para despacharse con un asunto previsible por esos lares: la secuela de terremotos, las casas dañadas, los amigos desaparecidos, los que por fin pudieron volver a casa tras seis, siete u ocho años fuera, las barriadas antisísmicas que construyó el municipio para realojar a los sin techo… Otro tipo de emoción, pero emoción al fin, para elevar la temperatura espiritual de una Navidad que ya se intuía entrañable y singular.
Santo Stefano di Sessanio era todo lo que esperábamos del cliché y más: un pequeño y bellísimo pueblo amurallado de la época Medicea, elevado unos 1.250 metros sobre el nivel del mar, en medio del Parque Nacional del Gran Sasso. Algo así como el corazón medieval y pétreo de los Abruzos, tutelado por el pico más imponente de los Apeninos italianos. Su historia es igualmente fascinante: enclavado en las montañas meridionales del país, Santo Stefano forma parte de una Italia que todavía tiene mucho de Terra Incognita. Un vasto territorio del que poco se sabe, que poco se conoce. Víctima de la modernización de la Italia rural, el pueblo, que vivió mucho tiempo del comercio de la lana, quedó virtualmente desierto cuando su escasa población emigró en busca de nuevas fuentes de trabajo. Paradójicamente, fue ese abandono el que lo mantuvo a salvo y lo preservó de toda especulación y de todo abuso.
En cuanto al Sextantio Albergo Diffuso, el hotel que nos esperaba en lo alto, resultó el escenario perfecto para una Navidad alejada del mundanal ruido. El establecimiento es el resultado de la extraordinaria aventura humana y empresarial de su fundador, el sueco Daniele Kihlgren, que descubrió el lugar en los años 90, viajando en moto por el norte de Italia. Deslumbrado con Santo Stefano compró una casa, compró dos… y acabó comprando una treintena, para embarcarse luego en la odisea de recuperar el pueblo y devolverle vida. El proyecto de ese hotel “difuso” (las habitaciones ocupan esas casas diseminadas aquí y allá) estuvo guiado por un plan ultra ortodoxo de recuperación integral, y abarcó desde el respeto a rajatabla por la arquitectura original hasta el rescate de la gastronomía, la artesanía y las tradiciones locales.
En las habitaciones del Sextantio Albergo Diffuso la única licencia contemporánea son los sanitarios modernos (incluyendo bañeras de diseño, con aires de Philippe Starck), la calefacción bajo los pisos de madera y el agua caliente central, que espantan cualquier temor a quitarse la ropa entre esas antiquísimas y frías paredes. El acento auténtico y rural se prolonga en el mobiliario rústico (apenas mesas y sillas de madera, camas de hierro, colchones de lana), en los tejidos artesanales de las colchas, en la cocina simple de montaña que se sirve en los restaurantes y en los productos locales a la venta en la cantina y en la boutique.
Antes de instalarnos celebramos el primer almuerzo en un restaurante cercano de nombre algo cursi (La Posta de los Elfos, o algo así), que nos regaló, siempre bajo un dulce sol de invierno, una primera y muy favorable impresión. Muzzarella de búfala, verduras grilladas, fettucini con salchichas, zucchini y azafrán; y una torta de ricotta y peras que no tenía nada que envidiarle a la del venerable Armando al Pantheon de Roma. Si la tierra no tiembla -pensé, no se puede pedir absolutamente más nada.
Pero se podía. Apenas ocupamos nuestra habitación, bautizada como La Torre, nos dimos cuenta de que nos esperaba una Navidad absolutamente extraordinaria. Pasamos las primeras horas tomando sol en nuestra angosta pero soberbia terraza renacentista, poniéndonos al día con el diario de viaje y la lectura; derrochando fotografías, inevitablemente deslumbrados por el conjunto gris y compacto de ese pueblo de piedra que se extendía ante nuestros ojos, y por el contraste entre el cielo celeste que lo envolvía todo fuera y las paredes renegridas por el tiempo que nos cobijarían dentro. Por si hiciera falta algo más, la cena de la Vigilia del Natale fue todo lo civilizada que imaginarse pueda. Nada de gritos, nada de histeria consumista, ninguna obsesión por brindis y relojes. De hecho, y siguiendo la tradición local que privilegia el almuerzo del 25 de diciembre (momento reservado para el intercambio de regalos), antes de las 11 de la noche todos los comensales que se habían dado cita en la Locanda sotto gli Archi ya se habían levantado de sus mesas.
¿Quiénes eran los comensales? Una pareja algo despareja, un grupo de veteranos con una niña muy educada y un perro de montaña muy peludo, una pediatra de Palma de Mallorca y su compañero de viaje (ambos dale que te dale con los celulares llamando a España: auguri por aquí, auguri por allá); una mesa de tres gringos veteranos (dos mujeres y un hombre), todos ellos con aspecto de críticos gastronómicos, aunque quién sabe; más cuatro seres humanos (y otro perro de nombre Ledo) que consagraron la noche a hablar de arquitectura, libros y películas de Theo Angelopoulos. El lugar se fue animando, siempre sin estridencias, y los platos se fueron sucediendo: un antipasto en dos tiempos (sopa de montaña y verduras fritas), pasta con anchoas, guiso de bacalao con aceitunas, verduras salteadas al vino blanco, y calzoncini dulces de ricotta y frutas secas a los postres; todo debidamente acompañado de tres tipos de vino, que nosotros dejamos pasar en favor de las burbujas del mismo prosecco que nos venían alegrando desde el aperitivo.
A la salida del restaurante, rumbo a La Torre y envueltos por un aire gélido, fuimos testigos de una escena de película en un escenario ídem: fin de Misa de Gallo en la diminuta iglesia del pueblo, con un puñado de veteranos y veteranas abrigadísimos deseándose paz y felicidad al filo de la Nochebuena.
La noche transcurrió por los carriles esperados: aunque la calefacción se mantuvo encendida no descuidamos nunca la estufa de leña, y las tres o cuatro velas que rompían puntualmente la oscuridad de la estancia resistieron hasta el amanecer. El 25 desayunamos solos, mientras el resto de los huéspedes aún dormía, y luego nos fuimos a caminar. Como todas las indicaciones que recibimos fueron algo confusas o del todo inútiles, no dimos con la ruta a Rocca Calascio y terminamos caminando dos horas por la montaña, por senderos ondulantes y ascendentes a la ida, más otra hora y media en bajada de regreso. Fue un largo paseo en medio de la nada. O, para ser más exactos, en medio de los Abruzos, con el aire más limpio y puro del que tenga memoria, más el aderezo de unas perspectivas casi aéreas de Santo Stefano di Sessanio a lo lejos. Y el silencio, claro. Un silencio que nos pareció absoluto. El silencio de una Italia castigada, casi desierta, casi olvidada.
Exhaustos, llegados al pueblo repetimos almuerzo en Il Ristoro degli Elfi, donde nos atendieron como a dos viejos conocidos. Dimos cuenta de unos tortellini in brodo, una sopa de lentejas y un glorioso cordero al horno con papas. Repetimos, también, la perfecta torta de ricotta y peras. De nuevo en La Torre pusimos más leña al fuego, dormimos una italianísima siesta y, al despertar, nos enteramos de que había muerto Eliseo Subiela.
Pasamos un rato en la tisanería del hotel, donde probamos un par de tés aromáticos, y más tarde cenamos en Il Cantinone, el restaurante más informal del Albergo: una vela rústica sobre la mesa, un par de copas de vino, y una tabla de quesos y fiambres alegrada con peras al natural y mermelada de frutos del bosque. Como únicos acompañantes, la pediatra mallorquina y su novio, que jamás sospecharon que hablábamos español y nos regalaron una cargada perorata como telón de fondo de nuestra última cena en Santo Stefano di Sessanio. Teorizaron largamente sobre los puntos álgidos y las circunstancias de cada uno; los valores de la familia, (que parecía priorizar ella, madre de dos hijos y presumiblemente separada), y la importancia de los amigos (que parecían ser el principal sostén de él, evidentemente soltero); los calendarios escolares que agobiaban a ella y los ayunos de fin de semana y las maratones que obsesionaban a él. Resultó una escena fascinante, porque parecían no entenderse en lo más mínimo pero nunca dejaron de decirse “mi amor” por aquí y “mi amor” por allá. Nos pareció evidente que cierta gente no puede tener paz ni siquiera en Navidad, ni siquiera en un pueblo perdido en las montañas.
Nosotros acabamos en paz y dormimos doce horas de corrido. Al día siguiente desayunamos y, antes de que nos vinieran a buscar para devolvernos a L’Aquila y embarcarnos de regreso, nos fuimos a caminar por el pueblo. Conversé largamente con una anciana de nombre Adelina, que tenía el rostro del lugar. Me contó que para ella Santo Stefano era “todo”, aunque se lamentó de que ya casi no quedara gente de su edad. ¿Seguirá viva?
Cuando llegamos a Roma, el taxista que nos llevó de Tiburtina a nuestro apartamento en Piazza dei Satiri tenía la radio encendida. Mientras el auto se desplazaba por avenidas desiertas y nosotros volvíamos a caer rendidos ante los esplendores urbanos de la Ciudad Eterna (el cielo azul más azul que de costumbre, las hojas doradas más doradas que de costumbre, los verdes cipreses y los verdes pinos más verdes que de costumbre), un tal Jovanotti cantaba Le tasche piene di sassi. Apenas unas horas más tarde nos compramos sus discos. Como regalo de Navidad.