UN TANGO EN EL MEKONG

Esta crónica evoca un incómodo viaje entre el norte de Tailandia y el corazón de Laos, minado de vicisitudes y muy alejado de las fantasías literarias que lo inspiraron. Sin embargo, el arriesgado periplo tuvo un final feliz y curioso. Aborden sin miedo (*).

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La primera vez que navegué el Mekong fue en las páginas escritas por Marguerite Duras. Desde entonces, y en mi imaginación, aquel era un río hecho para ser surcado por transbordadores en los que adolescentes francesas son seducidas por comerciantes de Manchuria bastante mayores que ellas, hombres de piel amarilla que visten a la europea, como los banqueros de Saigón. Transbordadores en los que caben automóviles Léon Bollée y limusinas negras, transbordadores donde hay puentes y bordas en las que acodarse para conversar, transbordadores en los que comienzan los encuentros prohibidos que luego se prolongan secretamente en las garçonnières de Cholen, donde los cuerpos sudorosos se trenzan bajo la discreta luz que se cuela por unos visillos.

Para ser fiel a la literatura pero también a la geografía, he de precisar que aquel Mekong novelado era un brazo fluvial que discurre entre Vinh-Long y Sadec, en la gran planicie de barro y arroz del sur de la Conchinchina, la de los pájaros; y el que nos esperaba a nosotros para llevarnos hasta Luang Prabang, a veinte años de publicado El amante y unos tres cuartos de siglo después del tórrido romance que inspiró aquel libro, era el del tramo que constituye frontera entre la vieja Siam y Laos, bastante más al norte del Mekong de Duras. En cualquier caso, las fantasías que se desataban en mi cabeza a medida que se acercaba la hora de navegar la madre de todos los ríos estaban muy asociadas a aquellas imágenes y a aquellas palabras salidas de una vieja novela.

Luego de unos días en la bulliciosa Bangkok y otros en la más serena Chiang Mai, A. y yo llegamos al norte de Tailandia. Hicimos base en Chiang Saen, que supo ser capital de un pequeño imperio pero ahora no era más que una pequeñísima ciudad tomada por los perros callejeros, y la primera estampa que nos regaló el Mekong fue la febril actividad de decenas de changadores chinos que, al atardecer, descargaban mercadería en el muelle. Nos distrajimos un buen rato con la escena y luego pasamos una noche encantadora. Caminamos sin rumbo por calles de tierra, flanqueadas por modestas viviendas en las que no faltaban casas de espíritus iluminadas por velas, y nos topamos con niños que jugaban a la pelota bajo la luz de los pocos tubos fluorescentes que nos servían de guía en medio de la oscuridad. Cenamos junto al río, en la acera de una pintoresca costanera donde se alineaban unas mesas muy bajas, más apropiadas para un jardín de infantes que para un restaurante de adultos. Sentados en posición de loto sobre unas coloridas esteras, debimos cocinar, con la ayuda del carbón y del tocino, distintos tipos de carne, amén de preparar vegetales varios al vapor. No había menús ni carteles, y dado que las simpáticas dependientas casi no hablaban una palabra de inglés, buena parte de la gracia del improvisado banquete, que dicho sea de paso resultó muy sabroso, consistió en que debimos arreglarnos mediante señas. 

Al día siguiente visitamos un alicaído templo, el Wat Phra That Chedi Luang, y la pequeña pero muy recomendable sede local del Museo Nacional, que atesora budas del período Lanna, con sus rostros ovalados y sus estilizadas figuras en bronce. Después, un songthaew nos llevó hasta Sop Ruak, en el Triángulo de Oro, donde además de esquivar el enjambre de tiendas para turistas de mal gusto y conocer el Museo del Opio hay muy poco para hacer. Así que pronto seguimos camino hasta Mae Sai, último enclave tailandés, ya en la frontera con Burma, como prefieren los ingleses, o Myanmar, como impone la junta que gobierna el país con mano de hierro.

Tomado por el comercio fronterizo, Mae Sai resultó un sitio bastante más animado que los anteriores, repleto de tiendas y bazares, y por sus ajetreadas calles cruzamos una fauna humana de lo más variopinta: monjes ataviados con sus túnicas azafrán, monjas con sus hábitos blancos, que no habíamos visto hasta entonces; indios birmanos de cara pintada y chinos dedicados a la venta de todo tipo de mercadería imaginable. Almorzamos en un impersonal restaurante junto al río Sai, justo debajo del puente que separa a los dos países, y vimos a unos cuantos niños tirándose al agua, cual espaldas mojadas mexicanos, para evitar a la policía de migración. Compramos un enorme e inútil paraguas plateado de dos dólares y un lindo sapo de bronce para la buena suerte, tomamos un helado y después pagamos una camioneta con aire acondicionado para volver a Chiang Saen a tiempo de ver el atardecer en el Wat Prathat Pao Ngao. Además de regalarnos una estupenda vista del Mekong desde las alturas, el templo nos reveló un par de delicias artísticas: las elaboradas nagas y dragones de sus escaleras y terrazas, y los bajorrelieves de sus puertas y paredes interiores. 

Caminamos largamente junto al río, mientras esperamos en vano la salida de la luna, y nos volvimos sin más a descansar al hotel, puesto que temprano en la madrugada saldríamos para Chiang Khong a tomar el barco rumbo a Luang Prabang.

La ansiedad por navegar el Mekong en un transbordador hizo que me desvelara un rato antes de las cinco y media, hora prevista para saltar de la cama con tiempo para desayunar y esperar despabilados a nuestro chofer de la agencia People in touch (supongo que me gustó el nombre al elegirla desde casa por internet), quien llegó desde su Chiang Rai natal con puntualidad británica y camioneta japonesa. Todavía era noche cerrada cuando dejamos Chiang Saen, pero pronto vimos alzarse la niebla del Mekong, y pasadas las siete de la mañana, la gran moneda roja del sol se desperezó frente a nosotros, tras las montañas de Laos, del otro lado del río. 

El primer destino de la que sería una larga y azarosa jornada fue un restaurante y guesthouse de Chiang Khong cuya propietaria, una joven asiática de look muy occidental, tenía montada una verdadera industria en torno al negocio de las visas, los barcos y hasta las viandas para la travesía de dos días hasta Luang Prabang. Estábamos lo suficientemente abrigados para el frío que todavía crispaba la mañana, de modo que la burocrática espera que medió mientras un mozalbete tailandés con gorro Nike chino llevaba nuestros pasaportes hasta la oficina de migraciones transcurrió sin más inconveniente que nuestra lógica ansiedad. Sospeché que mis fantasías novelescas en torno a ríos y transbordadores se harían añicos tan pronto como descubrí al puñado de mochileros de habla inglesa y alemana que deambulaban por el lugar y preparaban sus petates rumbo a Laos. Poco después de las ocho llegó el momento de hacer cola en la aduana tailandesa, que aunque acababa de abrir ya estaba tomada por viajeros de varias edades y países de Europa, algunos con mochila, otros con valijas Samsonite, pero todos con el mismo destino que nosotros. El control de pasaportes fue bastante caótico, por lo que no nos quedó tiempo de cambiar dinero ni de comprar una botella de agua. De inmediato subimos al barco de cola larga que nos cruzó hasta el puesto fronterizo laosiano de Huay Xai, y una vez allí nos ingeniamos como pudimos para acomodar nuestros bolsos en el songthaew que nos conduciría hasta el embarcadero del slow boat en el que, finalmente, emprenderíamos nuestra travesía por el Mekong. Una vez allí, otra mini gestión con los pasaportes, ahora a cargo de un mozalbete laosiano y sin gorro, y otra espera bajo los árboles, esta vez en compañía de unos veteranos franceses que parecían muy amigables. Minutos después, la desagradable sorpresa de comprobar que decenas y decenas de personas éramos conducidas, a través de un endeble tablón de madera, al mismo barco. Y que dicho barco, claro, no tenía nada que ver con el transbordador que yo había imaginado navegando las páginas de Marguerite Duras.

Portada de  El amante , inspiración obligada para navegar el Mekong.

Portada de El amante, inspiración obligada para navegar el Mekong.

Básicamente, hay tres formas de navegar esta zona del Mekong entre el norte de Tailandia y el corazón de Laos. Un aburrido crucero de lujo, que descarté por la sencilla razón de que no pensaba viajar hasta las entrañas de Indochina para convivir dos días únicamente con occidentales adinerados; los barcos rápidos de cola larga y motor fuera de borda, que aquí llaman speedboats y deseché por otras razones (son peligrosos, el ruido es aturdidor, hay que viajar con casco, no se puede leer, ni hablar con nadie); y los slow boats, o barcos lentos, que mi calenturienta imaginación asoció con los puentes y las bordas donde las jovencitas francesas se enamoran de comerciantes chinos.

Nada más lejano, por cierto. En cuestión de minutos, la capacidad del incomodísimo barco estaba completamente cubierta. No había puentes ni bordas. El pasaje era cien por ciento internacional, con lo que vistos desde afuera deberíamos parecer una delegación de las Naciones Unidas de visita a la selva. A excepción del capitán y su ayudante, que se paseaban de aquí para allá con una sonrisa irónica en la boca y gruesos fajos de billetes en la mano, ni un rostro local a la vista. Los veteranos franceses fueron los primeros en perder la calma (¡call the police! ¡It’s too dangerous!, gritaban en vano y con acento parisino), pero pronto no hubo una sola nacionalidad que no quedara al borde del ataque de pánico. Protestas va, sonrisas comunistas viene, casi la mitad de nuestros compañeros de ruta fue enviada a un segundo barco, lo que alivió considerablemente la carga pero no los rigores de la más absoluta falta de confort y romanticismo. Tuvimos la suerte de ocupar uno de los dos bancos de la primera fila, lo que nos dejaba algo de espacio extra para las piernas, pero era evidente que en esos rígidos asientos de madera, tanto o más incómodos que los de una iglesia, no podríamos escribir, leer cómodamente, ni mucho menos soñar que viajábamos en un transbordador de novela. Saqué de mi mochila de mano un ejemplar de El código Da Vinci, que acababa de ser traducido al castellano, y traté de olvidarme de Marguerite Duras y de que teníamos por delante dos jornadas de navegación, de unas ocho horas cada una, a bordo de esa alargada, destartalada y atestada cáscara de nuez que empezó a crujir tan pronto como abandonamos Huay Xai. 

En la primera y engañosa parada del día no subió más nadie al barco. Se nos permitió bajar y hasta compramos un par de botellas de agua mineral en el improvisado kiosco de un rancho al borde del río. El sol había empezado a entibiar el clima, los cuerpos ya estaban más amoldados a los incómodos asientos, el paisaje de las riberas se volvía cada vez más interesante y, una vez que todos estuvieron tranquilos, al menos el silencio me devolvía de tanto en tanto mis fantasías literarias sobre el Mekong: El río fluye sordamente, no hace ningún ruido, la sangre en el cuerpo.

Pero la calma duró menos de lo que tarda en leerse una nouvelle. En las siguientes paradas (tres o cuatro el primer día, cuatro o cinco al segundo) se fue sumando gente y más gente. La buena noticia era que se trataba de locales, lo que nos reconciliaba con la idea original de un viaje en barco lento por el corazón de Indochina. La mala, fue que la carga del barco iba aumentando considerablemente en cada escala, puesto que las decenas de laosianos que subían a bordo traían consigo de todo un poco: animales muertos, animales vivos, materiales destinados a la construcción, enormes bolsas de alimentos. Subió incluso una anciana moribunda, rodeada de su pequeña prole, que pronto armó para ella un hospital de campaña entre el asiento del capitán y la zona de bancos para pasajeros, regalándonos un cuadro dantesco que no tuve el coraje de fotografiar. No quedó un solo centímetro disponible para estar de pie (aunque cabe agregar que dada la bajísima altura de la embarcación al hacerlo había que encorvar el tronco), y ni siquiera la belleza del paisaje (verdes colinas por aquí, grises elefantes cargando troncos por allá) fue capaz de disipar por completo las visiones catastróficas que nos acechaban cada vez que la nuez se mecía, sonora y amenazadoramente, de un lado a otro. A tal punto, que todos los extranjeros que viajaban cerca de nosotros pronto tomaron sus precauciones: envolvieron en bolsas de nylon el dinero y los pasaportes y fueron quedándose callados, resignadamente, en espera del eventual naufragio. 

Afortunadamente, no sucedió. Pero la travesía por el Mekong, imaginada como una pausa relajante en medio de nuestra gira por el sudeste asiático, anhelada para ser vivida con el tempo y el aliento de una deliciosa novela francesa, pronto se había transformado en un documental para People & Arts. Sin embargo, el desengaño tuvo su recompensa. Porque antes de emprender la segunda pierna por el río, antes de otra jornada agotadora en la que creímos estar a punto de morir un par de veces, antes de que los alemanes y los ingleses y los yankees y los franceses intentaran en vano un levantamiento multinacional contra la mafia laosiana que opera estos barcos por el Mekong embolsando gruesos fajos de billetes (algún día van a matar a un puñado de turistas: lo veremos en los diarios o en la televisión); antes de llegar milagrosamente sanos y salvos a la encantadora Luang Prabang, sucedió lo de Pakbeng, donde pasamos una mágica noche en medio de nuestra agitada travesía de dos días por la madre de todos los ríos. 

Pakbeng, escala obligada para quienes viajan en barco lento entre el norte de Tailandia y Luang Prabang.

Pakbeng, escala obligada para quienes viajan en barco lento entre el norte de Tailandia y Luang Prabang.

Hasta donde pudimos entender, la única razón de ser de Pakbeng, una aldea perdida de la mano de Dios que se alza sobre un pequeño acantilado arenoso junto al Mekong, es ofrecer parada y fonda a los viajeros que surcan el río en los barcos que no pueden navegar una vez caído el sol. Para decirlo en pocas palabras, Pakbeng es la nada, pero habida cuenta de las horas que habíamos pasado a bordo, del cansancio y de los nervios acumulados, a nosotros nos resultó un verdadero Nirvana. Desembarcamos en su puertito con la ayuda de un par de adolescentes que acudió a nuestro encuentro para ganarse una propina cargando los bolsos cuesta arriba hasta el pueblo. Desde lo alto se divisaba la sugestiva curva que, a modo de garganta, traza el río Beng a su paso por allí, donde se junta con el Mekong. Deslumbrados por el paisaje y aliviados por pisar tierra firme nos quedamos un rato contemplando la escena, mientras abajo descargaban patos, gallinas y ladrillos de los barcos. Hasta la mañana siguiente, cuando volvería a funcionar el pequeño mercado local, no había nada para hacer en esa aldea cuya vida late en torno a una única arteria en la que han florecido tiendas que venden provisiones a los turistas. Todo estaba cubierto de una densa capa de polvo y las personas escupían constantemente. Contrariamente a lo que nos habían advertido, nadie nos ofreció drogas.

Nos instalamos en Villa Sarika, que a pesar de ser considerada la mejor guesthouse de Pakbeng no ofrecía el elemental servicio de agua caliente. La temperatura había vuelto a descender sensiblemente, por lo que, muy frustrados, debimos postergar el placer de una ducha que nos liberara del polvo de dos países que veníamos acumulando desde la madrugada. Así y todo, estábamos felices. Habíamos sorteado con éxito nuestra primera jornada a bordo de una cáscara de nuez por el Mekong y a falta de agua caliente nuestra guesthouse disponía de una terraza con vista deslumbrante para disfrutar del atardecer. Escribí algunas páginas en mi cuaderno, reposamos unos minutos en posición horizontal y apenas anocheció salimos nuevamente a la calle a elegir entre los improvisados restaurantes, si así pueden llamarse, uno en el que celebrar nuestra primera cena laosiana.

La terraza de Villa Sarika.

La terraza de Villa Sarika.

Nos decidimos por Pinekham, un establecimiento bastante cercano a nuestro hotelito y de aspecto limpio, cuya pareja de propietarios, con rostros más filipinos o malayos que laosianos, nos inspiró confianza. Nos sentamos junto a una varanda que daba al río (ya no podía divisarse, sino apenas intuirse) y nos entregamos al placer de dos platos de pollo trozado acompañado de arroz frito con vegetales y castañas de cajú, que acompañamos debidamente con nuestras primeras cervezas Lao y mucha conversación a la luz de una vela. Los rudimentarios generadores eléctricos de la aldea dejaban de funcionar por varios segundos de tanto en tanto, con lo que las lamparitas callejeras y las pocas luces que se divisaban a lo lejos se prendían y apagaban una y otra vez. Sumado a nuestro incipiente mareo de tierra, al efecto que empezaba a hacer el alcohol circulando por la sangre y a la excitada charla sobre las experiencias de las últimas horas (templos budistas, contrabandistas chinos, turistas franceses, atardeceres laosianos), el cuadro general era decididamente exótico para nosotros. Física y simbólicamente, nunca habíamos estado más lejos de casa. 

Pero entonces sucedió algo más, si esto fuera posible. Desde un televisor encendido pero olvidado, ubicado cerca de la puerta de entrada pero muy lejos de nuestra vista, llegó claramente hasta nuestra mesa la voz de Roberto Goyeneche, el legendario cantor porteño, silabeando la palabra bandoneón sobre un fondo musical de tango electrónico. Alzamos nuestra mirada de los platos al unísono, sorprendidos y emocionados a la vez, como queriendo verificar, el uno con el otro, si aquello estaba sucediendo realmente o era fruto de nuestra imaginación, probablemente trastornada por las vicisitudes del viaje. No pudimos salir de la duda. Algo perturbados, seguimos disfrutando de nuestra victoriosa cena a la vera del Mekong hasta que, unos minutos después, el Polaco Goyeneche insistió con su ban-do-neón. Barreras idiomáticas de por medio, no teníamos a quién preguntarle por la sinrazón de esa cita tanguera en lo más profundo de la noche indochina. Y aun entendiéndonos, nadie nos hubiera comprendido. Nos fuimos a dormir sin saber qué había pasado, y no pudimos desentrañar el misterio hasta un par de semanas después, cuando de regreso a Bangkok, viendo televisión en el hotel, nos topamos con el comercial de una compañía de teléfonos celulares. Para dotar de cierto exotismo a la escena, el aviso usaba como banda de sonido el fragmento de un moderno tango electrónico en el que se cuela la voz de Goyeneche en el exacto momento en que dice ban-do-neón

En la remota y polvorienta Pakbeng, experimentando las delicias de una pausa en medio del camino, todo lo lejos de casa que nos fue posible, una palabra y un par de acordes musicales perdidos nos devolvieron de pronto a las orillas del río que nos era más propio. Un río igual de turbio que el Mekong. 

Nunca sabemos cómo empiezan y dónde terminan los viajes. Puede guiarnos una novela de amor ambientada en paisajes muy lejanos, pero siempre cargamos con nuestra propia geografía. Y todos los transbordadores del mundo conducen al mismo puerto.

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(*) Esta crónica forma parte de mi libro Una forma de viajar. Placeres Mundanos, que publicó el sello Aguilar en 2010. Algunas cosas parecen haber cambiado desde entonces. Por ejemplo, la oferta de alojamiento en Pakbeng luce algo más sofisticada (he visto que hay guesthouses de nombres pomposos, incluso con piscina), y en este mismo blog he dado cuenta de nuevas (y mucho más confortables) formas de surcar este tramo del Mekong.