NOCHES DE ENSUEÑO EN PIGALLE
A primera vista parece un delirio surrealista. En rigor, es una exitosa reconversión en uno de los distritos más animados de Paris. El Bus Palladium, que fue nightclub de culto en el barrio, revive ahora como un singular hotel capaz de reivindicar el patrimonio del lugar y traducir su historia para regocijo de los huéspedes recién llegados.
Es una linda historia, animada por nombres legendarios como los de Salvador Dalí, que habría aparecido por allí hasta con una pantera; Serge Gainsbourg, Gloria Gaynor y hasta Mick Jagger, que juran celebró algún cumpleaños en el sótano.
Como club nocturno, el Bus Palladium fue inaugurado por el joven bailarín James Arch a mediados de los años 60, y se le atribuye el mérito de haber democratizado la movida nocturna de París. ¿Cómo? Acercando en ómnibus propios a jóvenes de los suburbios hasta la agitada rue Pierre Fontaine apenas por el precio de un trago. A contrapelo de los clubes privados cuyos celosos porteros filtraban quién entraba y quién no, en el Palladium de Pigalle siempre había lugar para todos. Y la mezcla fue, según reza la historia, el ingrediente clave del éxito.
En cuanto a la aventura hotelera recién estrenada corre por cuenta de la cadena francesa Chapitre Six (que regentea sofisticados enclaves de Barbizon a Megève, de Cap d’ Antibes a Cannes, de Saint Tropez a París) y de Christian Casmèze, propietario del edificio, que encontraron cierta inspiración en lo que ocurrió con el célebre Chelsea Hotel en Nueva York.
Como la nueva función le exigía demasiado al viejo edificio, hubo que tirar abajo la construcción original de 1897, que sólo contaba con dos pisos, y levantar otra, de cinco a la vista y otros tres bajo tierra, cuya fachada replica el tono y el estilo de las vecinas haussmanianas de la calle y del barrio.
Del interiorismo se ocupó Studio KO, que recibió el encargo de recuperar no sólo un edificio sino su historia cargada de música, arte y cultura, de forma tal que convivieran, amablemente, el patrimonio del lugar y los requerimientos de la industria de la hospitalidad moderna.
En la fachada, el cartel de neón rojo original del club fue rescatado y advierte que esa vieja meca barrial ha vuelto a cobrar vida. En el renovado interior la decoración de época envuelve la mayor parte de los espacios y contrasta deliberadamente con rincones brutalistas y más modernos (especialmente en el bar y el restaurante), con una doble intención: generar un diálogo estético impar y subrayar la vibrante apuesta a la nueva etapa de la casa.
El resultado está a la vista: el aura hedonista y rockera rompe los ojos, y los homenajes a la música se prolongan aquí y allá, en los altavoces Ojas presentes en todas las habitaciones, en los picaportes inspirados en micrófonos, en los vinilos al alcance de la mano.
Hay 35 habitaciones de siete categorías pero de ineludible tono vintage en todos los casos: lámparas setentosas, alfombras coloridas, antigüedades, muebles a medida, baños a veces envueltos en vidrio estriado, otras revestidos en azulejos de vibrantes azules o rosas, cabeceras de cama y paredes envueltas en corcho (al parecer como guiño al mismísimo Marcel Proust, que así dormía para protegerse de los ruidos y las alergias), mucho terciopelo, arte contemporáneo en las paredes, hormigón a la vista en los techos.
La suite Dalí (la más amplia del hotel) rompe los parámetros y seguramente haría las delicias del pintor nacido en Figueras: 70 metros cuadrados, balcón privado, sofá modular DS 600 en cuero color cognac, sillón Apollo, alfombra circular en tono tangerina, cabecera animal print en la gran cama y otras excentricidades.
Caroline De Maigret (directora artística del hotel, ex modelo, embajadora de Chanel y habitué del club desde adolescente) tuvo a su cargo la curaduría de las cuatro playlists disponibles en las habitaciones, en las que no faltan ni Boogie Nights ni In the mood for love. También se ocupó de la fragancia del flamante hotel, que definen como amaderada y ambarina, con toques de sándalo, cobre y cachemir; de los artículos de baño y hasta del uniforme del personal, que luce pantalones acampanados de pana rayada.
El chef marsellés Valentin Raffali manda en la cocina del restaurante, donde la carta se define como ética, ecléctica y de temporada. ¿Un par de ejemplos? Espárragos ahumados con fresas bañados en salsa de pollo; langostinos picantes, trucha del País Vasco, clásicos vol-au-vents franceses, mousse de chocolate con cerezas. La escena de este espacio se organiza alrededor de un vistoso y exuberante jardín interior y de una imponente pared de vinilos que incluye la colección original de Arch, el dueño del viejo club.
En el bar, que ocupa el subsuelo donde funcionó el Palladium original, se lucen las alfombras persas y otomanas, las cortinas de lamé plateado, los techos de cemento y una sala de fumadores escondida en una caja de acero inoxidable. Reinan los cocktails de autor, incluyendo uno que homenajea al famoso Chaussan, legendario anfitrión del nightclub: lleva jarabe de aceite de oliva, limón, licor de tomate, vodka y albahaca. Naturalmente no faltan las DJ sessions, los espectáculos en vivo y las noches de cabaret que históricamente fueron la razón de ser del barrio.
Para tranquilidad de los menos rockeros y melómanos, advierten que las paredes de las habitaciones son a prueba de sonido.
BUS PALLADIUM FOTOS DE MATTHIEU SALVAING / ARCHIVO: JAMES ARCH