RECUERDOS DE CAMBOYA

Partiendo de la vibrante Siem Reap, deteniéndose con calma en las ruinas arqueológicas de Angkor y desembarcando por fin en la mítica Phnom Penh, esta crónica evoca días y noches al calor de Camboya, un rincón del sudeste asiático donde la belleza y el dolor se tutean a cada paso. (*)

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Pasan las diez y media de la noche pero la temperatura no cede ni siquiera a esta hora. 

Estamos por fin en el corazón del Reino de Camboya, más precisamente en la ciudad de Siem Reap, a pasos del sitio arqueológico de Angkor, cadáver del Imperio Khmer. Nos hemos dejado caer en el animadísimo Foreign Correspondent Club, al que todo el mundo se refiere aquí como el F.C.C., y donde a pesar de los ventiladores y las persianas de neto cuño indochino hay un ambiente mucho más globalizado y moderno del que cabía esperar para esta ciudad. Luego de tomar un par de tragos en unos sillones de inspiración art déco dispuestos con suma gracia en el salón, ordenamos la cena en una de las muy ambientadas terrazas. Tengo que hacer un enorme esfuerzo para describir la curiosa fauna que nos rodea y, algo mareado por el cansancio de la jornada, arriesgo la siguiente hipótesis: es como si una fiesta dibujada por Jordi Labanda hubiera cobrado vida y se estuviera celebrando en una mansión modernista diseñada por Oscar Niemeyer, que de pronto se ha mudado a estos trópicos y por una vez en la vida se ha rendido a las líneas rectas. No es exactamente la idea que teníamos de un país tan pobre como Camboya, ni de una ciudad tan remota como Siem Reap, pero resulta muy agradable que la noche de bienvenida transcurra por estos carriles.

No ha sido fácil llegar. Aunque venimos del vecino Laos, el día entero se nos ha ido en preparativos, traslados, esperas, embarques, desembarques y trámites. Una jornada completa consagrada a los rituales de estar en tránsito y a dos cortos vuelos (de Luang Prabang a Bangkok, y de la capital tailandesa hasta aquí), que en cierto modo ha significado un respiro luego de trepar colinas sagradas en la tierra del millón de elefantes. 

Ya había anochecido cuando, varios formularios y veinte dólares por cabeza mediante, nos estamparon por fin la visa en nuestros pasaportes. La entrada a la ciudad, donde viven algo más de doscientas mil personas, nos sorprendió por el alboroto de su tráfico y la cantidad de gente joven que vimos en la calle. “Es la nueva generación” –dijo el conductor que nos traía hasta el hotel– “a todos los demás los mató la guerra”. El resto de la conversación versó básicamente sobre idiomas, fútbol (nuestra infalible carta de presentación cuando nadie acierta a entender de dónde venimos) y el estado de salud de Norodom Sihanuk, que con más de 80 años sigue al firme en el trono, aunque va y viene de Pekín, donde lo tratan por su cáncer.

Bunna, el recepcionista que nos dio la bienvenida al hotel Borann, también conocido con el pretencioso nombre de L’Auberge des Temples, es cojo. No era momento para averiguaciones, pero dimos por hecho que debe haber perdido su pierna a causa de una mina, como tanta gente aquí. Nos acompañó a la habitación, un sencillo aunque confortable bungalow con vista a los jardines y a la pequeña piscina, y nos indicó cómo llegar al F.C.C. Pronto estuvimos en la calle, caminando junto al río que divide en dos la ciudad, mezclados con la multitud que iba y venía de un concierto de música pop que se escuchaba desde todas partes. Ahora, mientras en esta moderna y concurrida terraza se apaga el miércoles 14 de enero de 2004, nos preguntamos qué encantos nos depararán mañana las ruinas de un imperio fundado en el siglo IX que sobreviven a menos de diez kilómetros de aquí.

El batido del mar de leche: casi una función de cine mudo en las piedras de Angkor Wat.

El batido del mar de leche: casi una función de cine mudo en las piedras de Angkor Wat.

Contrariando el consejo de las guías, que sugerían visitar primero Angkor Thom y dejar Angkor Wat para la tarde, cuando supuestamente hay mejor luz para hacer fotografías, como si eso importara, hemos preferido consagrar la mañana a este magnífico templo que data de la primera mitad del siglo XII y, según enseña la historia del arte, es el más completo, perfecto y poderoso que haya producido la técnica india en arquitectura. Angkor Wat: la ciudad que es un templo. Aquí mandaba Suryavarman II, que dedicó 30 años y dispuso cien mil obreros para levantar unos 400 templos a lo largo y ancho de 200 hectáreas en pleno apogeo del Imperio Khmer. Vishnú, el dios hindú al que fue consagrada esta monumental pirámide escalonada, que en rigor es una pira funeraria, debe estar de nuestro lado, porque aquí vienen unas mil 500 personas por día pero ahora A. y yo estamos solos, absolutamente solos en sus largas galerías tapizadas de bajorrelieves. Para ser más exactos, todo lo solos que se puede estar en presencia de 88 asuras (diablos) y 92 devas (dioses) que están tira y afloja de Vasuki, la gigantesca serpiente de cinco cabezas con la que retuercen el Monte Mandara intentando alcanzar la inmortalidad y extrayendo el elíxir de la vida bajo la atenta mirada de los espíritus celestiales femeninos que cantan y bailan para animarlos. Esa es la historia que cuenta el impresionante bajorrelieve de El batido del mar de leche que ahora se despliega frente a nuestros ojos. Hemos querido empezar por lo más destacado porque aún no tenemos el menor atisbo de fatiga visual y estamos lo suficientemente distendidos como para tomarle el gusto a los requiebros de un arte que radica precisamente en la tensión. Una tensión que se evidencia en las líneas horizontales, en el orden y en la abundancia de los personajes que pueblan estos 500 metros de galerías cuyas paredes narran también batallas, desfiles y varios episodios mitológicos. Conforme avanzamos junto a ellas vamos asistiendo a enfrentamientos entre dioses y demonios, a escenas históricas varias y a batallas inspiradas en un par de relatos épicos de la antigua India.

Por un instante somos los únicos espectadores de esta función de cine mudo proyectada en una pantalla de piedra. Los únicos habitantes de un palacio huérfano del dios para el que fue construido. De una ciudad que ya no existe. Forasteros que deambulan por la planta baja de un templo cuyos muros tradujeron el sánscrito al único idioma que todos somos capaces de entender: la belleza. 

Aun así, y por sensibles a ella que nos consideremos, si nos pusiéramos serios comprenderíamos cuán vana es nuestra misión aquí: intentar aprehender siglos de historia en cuestión de horas, familiarizarnos con cientos de personajes en un abrir y cerrar de ojos, imaginar la vida cotidiana en estos templos que no fueron construidos para que los fieles rezaran en ellos, como los de Occidente, sino para cobijar a un dios y más tarde albergar las cenizas de un rey que se identificaba con él. En fin, retroceder el reloj ochos siglos y medio. Entender lo inentendible.

Siguiendo una tradición arquitectónica india que hunde raíces en Babilonia, Angkor Wat fue diseñada como una réplica del universo, poblado de continentes y montañas (representados por los diversos recintos del templo), y rodeado por los océanos (simbolizados por el ancho foso que lo separa del resto del mundo). Es templo, tumba y cosmos. Un verdadero cosmos de piedra que hasta hoy exuda un equilibrio y una grandeza impensables en la arquitectura contemporánea e imposibles en nuestro paisaje. El exquisito templo se extiende horizontalmente en el suelo, casi como un espejismo si uno lo contempla desde lejos, pero al mismo tiempo se eleva con enorme fuerza al cielo, recortando en el horizonte la silueta de sus graciosas torres con forma de loto. O de obús. 

Apsaras: miles de bailarinas celestiales a la vista.

Apsaras: miles de bailarinas celestiales a la vista.

Tanto o más graciosas, las miles de apsaras que salen a nuestro encuentro aquí y allá, cinceladas en muros y columnas que se empeñan en seguir contando historias. Bailarinas curvilíneas de redondísimos pechos, elaborados peinados y riquísimo atuendo, estas apsaras representan un hito del arte khmer y son tan gratas a los ojos como a la mano. Después de un largo rato frente a bajorrelieves y esculturas deslumbrantes, seguimos camino rumbo a la galería cruciforme que alberga el Salón de los Mil Budas, que hoy no es ni una cosa ni la otra. Está casi vacío, porque apenas comenzada la guerra civil en Camboya el curador de Angkor mandó buena parte de las estatuas a distintos museos. De destruir el resto se encargaron los guerrilleros del Khmer Rouge.

Luego de evocar a los Budas en el segundo nivel del templo trepé solo hasta el tercero, estancia en su tiempo reservada a dioses y altos sacerdotes, y faena nada aconsejable para las víctimas del vértigo. Más sabia, A. permaneció abajo disfrutando la cara de terror con la que pocos minutos después descendí desde los esplendores del siglo XII khmer al prosaico y globalizado confort del tercer milenio. Porque apenas recobré la respiración di por concluida la primera etapa de la jornada y nos fuimos a recuperar fuerzas al elegante Angkor Café, de claro acento francés. 

Por la tarde visitamos Angkor Thom, la gran capital. Nuevo salto en el tiempo (de pronto estamos en el feudo de Jayavarman VII), y nuevo festín semiótico: las calzadas de acceso tienen balaustradas esculpidas con nagas, dioses, demonios y elefantes de tres cabezas. 

Como nosotros, la mayoría de la gente llega hasta aquí para ver el templo de Bayon, considerado el canto del cisne del arte khmer. Bayon también es un panteón, y a pesar de las enormes dificultades a que se han enfrentado los historiadores para descifrar sus múltiples significados, hay consenso en que fue creado para albergar a las sucesivas deidades adoradas durante el reinado de Jayavarman VII: Shiva, Brahma y Buda, entre otras. 

Jayavarman VII, el señor del mundo cuyo rostro asoma por los cuatro puntos cardinales. El rey que pasará a la historia de esta civilización como el mejor de la saga. El reconquistador que recuperó Angkor tras la invasión y el dominio de los Cham. El monarca más preocupado por el bienestar de sus súbditos, el que construyó no solo templos para los dioses sino además hospitales para los enfermos y refugios para los peregrinos. El compasivo. 

Al igual que Angkor Wat, este templo también es generoso en bajorrelieves, y aunque estos no tienen la calidad artística de aquellos, son particularmente valiosos porque muchos de ellos dan testimonio de la vida cotidiana de la civilización khmer. Esta vez no sólo hay batallas terrestres y navales, grandiosos desfiles y rituales religiosos, sino también riñas de gallo, gente cocinando, hombres jugando al ajedrez. Tampoco faltan las deliciosas apsaras (hay unas 18 mil en total en todo Angkor), pero las estrellas del lugar son las cincuenta y pico torres de piedra talladas con gigantescos rostros del rey-dios que hacen de Bayon un verdadero bosque de cabezas. 

Un gran hieratismo se apodera de esos monumentales rostros de piedra que coronan los santuarios. Su enigmática sonrisa les ha granjeado un sitial de honor en la historia del arte. Es la famosa sonrisa de Angkor, como se ha dado en llamar a esa expresión casi mística de unos rostros replegados sobre sí mismos, con los ojos cerrados dulcemente y una tímida mueca esbozada en la boca. Es un lugar común, pero me gusta repetirlo: al lado del enigma que supone este gesto, el misterio de la sonrisa de la Mona Lisa queda a la altura de un acertijo para niños. 

¿Qué hacen esos rostros? ¿Sufren o meditan? ¿Protegen serenamente el universo o entornan los párpados para desligarse de todo y compadecerse de los demás?

Bayon: un bosque de cabezas en honor al rey-dios que todo lo ve.

Bayon: un bosque de cabezas en honor al rey-dios que todo lo ve.

Sin acertar la respuesta, nos marchamos de Bayon. Antes de abandonar el sitio arqueológico visitamos la Terraza de los Elefantes, con su impresionante friso de 300 metros que retrata escenas de caza, y la Terraza del Rey Leproso, que en verdad no es más que Yama, el dios de la muerte, manchado por el liquen de los tiempos.

Por la noche, después de cenar en la vereda de un memorable restaurante familiar llamado Khmer Kitchen, cerca del viejo mercado de la ciudad, visitamos el célebre Elephant Bar del Grand Hotel D’Angkor. Los pasillos de ese templo legendario, reciclado en 1995 por la cadena Raffles, susurran hasta hoy la indolencia del pasado colonial; pero algunos detalles, como los bowls de pop corn con que acompañan los tragos en ese mítico bar, al que uno llega pensando en Somerset Maugham, Joseph Conrad o Graham Greene, no se compadecen con semejante pedigrí. Nada es perfecto, dijimos, y nos fuimos a dormir.

La cama resultó algo dura de más. No descansamos del todo bien, pero antes de las siete de la mañana estuvimos en pie otra vez. A las siete y media ya estábamos desayunando a la francesa y pidiéndole a Bunna que adelantara la cita con el chofer que nos llevaría a Angkor otra vez. Llegó impecablemente vestido (pantalón azul, camisa celeste, zapatos relucientemente negros) y oliendo a colonia. 

Pronto estuvimos en el majestuoso Ta Prohm, templo-monasterio levantado para adorar a Prajnaparamita, la madre de los Budas (esculpida a imagen y semejanza de la progenitora de Jayavarman VII), que en su tiempo ocupó una hectárea de terreno y empleó a algo más de 12 mil personas, para las que a su vez trabajaban unos 80 mil habitantes de las aldeas vecinas. Dispusimos de un buen rato de tranquilidad hasta que, pasadas las diez y media de la mañana, empezaron a llegar las hordas que acudían a fotografiarse en los escenarios de Lara Croft y su maldita Tomb Raider. Los turistas no hacían otra cosa que fotografiarse entre ellos y con algún que otro guardia uniformado, que a su vez se hacía el agosto vendiéndoles viejas insignias de la policía camboyana.

Hicimos todo lo posible por abstraernos de tanta estupidez, pero no fue fácil. Odiamos por un buen rato a Angelina Jolie y a sus fans de los cinco continentes, porque nos pareció una pena que semejante escenario fuera profanado de esa manera. Si fuera posible hacer a un lado esos fastidiosos detalles, en Ta Prohm podría reflexionarse largamente sobre la guerra que aquí enfrenta a dos viejos aliados: arte y naturaleza. 

Porque lo particular de este templo es que los curadores del sitio arqueológico decidieron mantenerlo casi en el estado natural en que había sido redescubierto siglos después de su abandono, de modo de ofrecerles a los visitantes una experiencia similar a la que vivieron hacia fines del siglo XIX Henri Mouhot y otros exploradores pioneros. También aquí hay columnas esculpidas, graciosas apsaras y dinteles decorados, pero en este lugar el espectáculo corre por cuenta de las galerías colapsadas, de los santuarios abrazados por enormes ceibos, de las gigantes y estranguladoras raíces aéreas de unas imposibles higueras de Bengala que enmarcan los pórticos, de los gruesísimos troncos que opacan las torres. Es la voz de la Tierra acallando la mano del hombre entre luces y sombras más bellas que las creadas por cualquier efecto especial. Hollywood sería incapaz de recrear un escenario así.

El arte y la naturaleza se trenzan en Ta Prohm, otro escenario de película.

El arte y la naturaleza se trenzan en Ta Prohm, otro escenario de película.

Caminamos un buen rato por esa jungla antropológica y luego visitamos los imponentes baños reales de Srah Srang, un enorme lago artificial donde contrariando las más elementales medidas de higiene y seguridad se bañaban tres niñas.

Llegado el mediodía, el calor se volvió más insoportable que de costumbre. Salimos del parque y almorzamos en el Café Indochine de la avenida Sivutha, donde creímos desmayarnos a causa de la baja presión mientras esperábamos la comida. Después visitamos Les Chantiers-Ecoles, una escuela de artes y oficios junto a la que funcionan Les Artisans D’Angkor, patrocinados por la Unión Europea, y donde compramos un simpático Ganesha, mitad buda, mitad elefante. Ya recuperados, y con el aire acondicionado del auto a tope, emprendimos la vuelta a los templos.

Banteay Srey. La pequeña ciudad de las mujeres. De pronto, es como si alguien hubiera contratado a otro director de fotografía para que iluminara la escena. Milagrosamente, nuestra tarde recobra el silencio y se va tiñendo de rosa. El hechizo visual no radica en otra cosa que en el color de la piedra arenisca con la que se construyeron estos riquísimos templos que, bañados por la luz del sol, devuelven un tono indescriptible.

Salto atrás en el tiempo, porque este es el Angkor del siglo X, cuando a caballo de dos reinados un gurú de nombre Yajnyavaraha ordenó la construcción de esta ciudadela. Al lado de la monumentalidad de Angkor Wat y de la brutalidad de Ta Prohm, este templo parece diseñado a escala liliputense. 

En efecto, desde el punto de vista artístico Banteay Srey constituye el triunfo de lo pequeño y de lo gracioso. En las tres torres principales no hay un centímetro cuadrado sin esculpir, y uno podría pasarse la vida admirando cada detalle. En los frontones de los pabellones llamados bibliotecas, interminables y decoradísimas secuencias de leyendas indias varias: Ravana sacudiendo la montaña para distraer a Shiva de sus meditaciones, Indra haciendo llover para apagar un incendio en el bosque. Y claro, más apsaras tentadoras. Tan tentadoras, que en su época despertaron los más bajos instintos cleptómanos de André Malraux, que quiso llevarse un par a su casa y fue detenido en Phnom Penh. El ministro de De Gaulle había olvidado, al parecer, que las bailarinas celestiales de Banteay Srey solo han sido prometidas a los héroes que mueren en el campo de batalla.

Banteay Srey: otros colores bañan la ciudad de las mujeres.

Banteay Srey: otros colores bañan la ciudad de las mujeres.

Más tarde volvimos al F.C.C. por un aperitivo, esta vez en sus jardines, tan amenos como sus terrazas, y luego nos fuimos a la zona de pubs vecina al mercado para echarle un último vistazo a la fauna extranjera que visita Siem Reap. Elegimos los cómodos sillones de mimbre ubicados en la vereda de un local de aires modernos, de cuyo nombre no quiero acordarme, ordenamos algo para comer y nos entregamos al triste espectáculo que proporcionaban los varios turistas occidentales que, cerveza en mano, coqueteaban con unas delgadísimas adolescentes camboyanas. 

Al día siguiente volamos a Phnom Penh. En el avión hojeé Esclavas del sexo, un libro de Louise Brown sobre el tráfico de mujeres en el sudeste asiático que había comprado en Bangkok. Retuve un dato escalofriante: en Camboya, tener relaciones sexuales con una virgen cuesta quinientos dólares; hasta dos meses después de estrenada, esa misma prostituta cobrará apenas diez; en adelante, acostarse con ella no saldrá más de lo que cuesta una botella de cerveza. 

Nuestro plan original era viajar desde Siem Reap a la capital del país en ferry, navegando el lago Tonle Sap, pero la pequeña odisea de dos días surcando el Mekong en una cáscara de nuez ya había saciado por completo nuestra sed de experiencias fluviales. Así las cosas, apenas aterrizamos en Camboya nos hicimos de los pasajes que nos permitieran canjear cinco arriesgadas horas en el agua por 45 amables minutos en el aire. De modo que vimos el amanecer del sábado 17 de enero de 2004 en Angkor Wat, que nos regaló una última visión idílica mientras se desperezaba con su brumoso aliento, y antes de media mañana, Siem Reap Airways mediante, ya estábamos arriba del taxi que nos condujo desde el aeropuerto de Phnom Penh a nuestra nueva guarida camboyana: el legendario Foreign Correpondent Club de esa ciudad, que amén de bar y restaurante también ofrecía alojamiento. Hermano mayor del F.C.C. de Siem Reap (que solo un par de años después agregó habitaciones), este reducto cosmopolita a la vera del Tonle Sap ya lucía algo desvencijado, pero seguía deparando un estupendo ambiente para los extranjeros residentes y de paso por Phnom Penh, fueran o no corresponsales de prensa. De hecho, la mayor parte de los jóvenes con que nos codeamos en su bar de aire colonial y paredes tapizadas con el trabajo de fotógrafos internacionales tenían más aspecto de mochileros en busca de aventura que de discípulos de Sydney Schanberg a la caza de información. 

Schanberg, para más datos, es el periodista estadounidense que en 1976 ganó el Premio Pulitzer en la categoría de reportajes internacionales por su cobertura de la guerra en Camboya para el New York Times. Se hizo aun más famoso unos años después, cuando en 1984 Roland Joffé filmó The Killing Fields, conocida en buena parte del mundo hispano como Los gritos del silencio. La película, en la que el actor Sam Waterston encarna al laureado periodista, se basó en su libro La muerte y la vida de Dith Pran, que relataba la épica lucha por la supervivencia del fotógrafo camboyano que había sido su traductor y asistente durante la caída de Phnom Penh, en 1975. 

El legendario Sidney Schanberg y, abajo, Sam Waterson encarnándolo en The Killing Fields.

El legendario Sidney Schanberg y, abajo, Sam Waterson encarnándolo en The Killing Fields.

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Luego de que Schanberg fuera obligado a abandonar Camboya, Pran cayó prisionero de los Khmer Rouge, pero sobrevivió milagrosamente a sus campos de exterminio, donde padeció la tortura y fue sometido a trabajos forzados durante años, y en octubre de 1979 logró alcanzar la frontera con Tailandia y fugarse del país. Acabó mudándose a Estados Unidos, donde continuó con su carrera como reportero gráfico en el New York Times, y murió a los 65 años, enfermo de cáncer, en marzo de 2008. 

Camboya, año cero. Abril de 1975. Pol Pot y sus secuaces tomando por asalto Phnom Penh y obligando a sus ciudadanos a trasladarse en marcha forzada al campo para concretar la utopía de la nación rural que soñaba la guerrilla maoísta: la Kampuchea Democrática. Triste disfraz de un genocidio cuyas víctimas se cuentan, según quien publique las cifras, entre cientos de miles y dos millones de personas. Durante cuatro años, los Khmer Rouge, o Jemeres Rojos, pretendieron refundar Camboya y para ello aniquilaron toda muestra del pasado, empezando por vaciar los grandes centros urbanos del país.

Phnom Penh desierta por obra de unos dementes. Es difícil no pensar en eso cuando uno pone un pie aquí, pero en caso de que se olvide están los conductores de mototaxis y tuk tuks que invitan a visitar las prisiones y los campos de exterminio con la misma naturalidad con la que un gondolero veneciano te propondría dar una vuelta por el Gran Canal. ¡Museo del Genocidio!, ¡campos de la muerte!, vociferan a la puerta de los hoteles, con una sonrisa en la boca.

Nuestra primera mañana en Phnom Penh, después de instalarnos en la suite Ta Prohm, cuyo nombre evocaba las cumbres artísticas con las que nos habíamos deleitado hasta el día anterior, fuimos al encuentro de otro tipo de museo camboyano: el centro de tortura S-21. 

Conocido también como Tuol Sleng (en lenguaje khmer: la colina de los árboles venenosos), el complejo de cuatro edificios de la calle 113 supo ser un importante liceo de la capital y más tarde el Instituto Tuol Sval Prey. En los años de Pol Pot se transformó en un centro de interrogatorios, tortura y ejecución por el que pasaron unas veinte mil personas, y se lo conoció como “el sitio donde se entra pero no se sale”. De hecho, los prisioneros que sobrevivieron al S-21 se cuentan con los dedos de dos manos. 

Hoy, un pesado silencio se siente en el lugar mientras uno deambula por esas viejas aulas transformadas en prisiones. Las de la planta baja fueron divididas en celdas individuales, de dos metros por 80 centímetros cada una. Las de los pisos intermedios fueron reservadas a las prisioneras mujeres, y las que ocupaban los pisos superiores, más grandes en metraje, se usaron como celdas colectivas. Las ventanas fueron protegidas con gruesas barras de hierro y alambres de púa, y el predio rodeado con un cerco electrificado. Al principio, los interrogatorios tenían lugar en dos pequeñas casas contiguas a los edificios principales, pero dado que a menudo los verdugos aprovechaban el trámite para violar a las presas, a partir de 1978 el camarada Duch, un viejo profesor de matemática llamado Kang Kek Ieu que se unió a los Khmer Rouge y se desempeñó como jefe del S-21, decidió destinar el edificio B a esos menesteres, de modo de controlar mejor la situación. Algo más de mil quinientos funcionarios tenían a su cargo el cuidado del centro S-21, y entre ellos se contaban unos cuantos niños y adolescentes, reclutados y entrenados por los Khmer Rouge para ser particularmente crueles con los prisioneros. En promedio, estos permanecían unos tres meses en cautiverio. Eran sometidos a juicios sumarísimos, donde siempre se los encontraba culpables, y tras ser condenados a muerte se los trasladaba, generalmente junto a familiares y amigos cercanos, a alguno de los campos de exterminio. 

Hoy el visitante puede ver las fotografías de los prisioneros que pasaron por allí, así como perturbadores documentos gráficos de las sesiones de tormento y algunos instrumentos empleados en ellas, como sillas y camas eléctricas. Hay también una reproducción en gran tamaño del humillante reglamento al que estaban sometidos los detenidos; algunos trabajos artísticos, como las pinturas testimoniales de Vanh Nath, uno de los escasos sobrevivientes del S-21, y un mapa de Camboya hecho con cráneos humanos.

Por la tarde, luego de visitar el Mercado Ruso, fuimos al Palacio Nacional y a la Silver Pagoda. Después de todo lo que habíamos visto, los dorados despliegues de la Sala del Trono nos dejaron bastante indiferentes. Todo muy reluciente, todo muy versallesco, todo muy Sihanuk. Pero no era eso lo que habíamos ido a buscar a Phnom Penh. De modo que luego de deslumbrarnos unos minutos con el piso plateado del templo que alberga al Buda de esmeralda, que en rigor es de cristal de Baccarat, decidimos trocar los encantos reales por un plebeyísimo paseo en tuk tuk a lo largo de los afrancesados bulevares de la ciudad. Rematamos el día, que se apagó lenta y ruidosamente, en la terraza de nuestra habitación con vista al Tonle Sap, mirando pasar Phnom Penh ante nuestros ojos. 

Llegada la noche caminamos largamente por varios tramos del bulevar costero, bautizados quais, como en París; tomamos algo en dos de los tantos bares con aires de la Costa Azul que resurgieron en esta ciudad tras la paz y la llegada de los turistas, comimos en otro sitio frente al Tonle Sap y más tarde abordamos un tuk tuk para que nos llevara hasta el decadente Martini, un bar de prostitutas junto al bulevar Mao Tse Tung que resultó una extraña cruza entre prostíbulo latinoamericano, auto-mac de colonia asiática con karaoke y club de los Picapiedras. En el camino, tanto a la ida como de regreso, oímos balas perdidas. Pero a ninguno de nuestros conductores les llamó la atención.

Una postal urbana de Phnom Penh, la capital de Camboya.

Una postal urbana de Phnom Penh, la capital de Camboya.

Se supone que el domingo es un día triste en casi todas las ciudades del mundo. No en Phnom Penh, donde la excitación parece no tener tregua. Yo había leído algunos apuntes sobre la pasión camboyana por hacer el amor, comer en la calle y, en general, disfrutar intensamente de la vida en tiempos de paz, faenas todas ellas naturalmente menguadas durante la guerra, pero ninguna explicación me resultaba suficiente para intelectualizar el increíble espíritu de esta ciudad. De hecho, en el diario de viaje anoté que no recordaba haber visitado jamás una tan animada. A excepción de las escuelas, en Phnom Penh todo funciona siete días a la semana: desde los restaurantes más sofisticados hasta los malolientes mercados callejeros, alma de la ciudad, abiertos desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde. Mezclada con un enjambre humano tan activo y variopinto como la flota de vehículos que vuelve casi imposible la tarea de cruzar la calle civilizadamente, también funciona de continuo una cierta vida mundana en los cafés, seguramente heredada del espíritu colonial francés y retomada con fuerza tras la paz que trajeron los años 90. Y por cierto, la inevitable explotación turística del ominoso pasado reciente también está a disposición del público a tiempo completo.

La mañana del domingo fuimos en taxi hasta los infames campos de la muerte de Choeung Ek, en las afueras de la ciudad, donde se encontraron cerca de nueve mil cadáveres. Allí se exhiben miles de cráneos humanos, albergados en una pagoda-memorial donde están ordenados según el sexo y la edad de las víctimas, y los visitantes caminan con total naturalidad entre las fosas comunes cavadas por los Khmer Rouge. 

El sitio nos impresionó algo menos de lo que esperábamos, en parte porque fuimos asediados por pequeños grupos de niños que salían una y otra vez a nuestro paso (one dollar mister, one dollar madam, one dollar millonaire), en parte porque la explotación comercial del horror se hacía allí más grosera y evidente. Pero amén de la lección de historia, el largo camino de ida y vuelta nos sirvió para echar un vistazo a los suburbios de Phnom Penh, donde vimos más tierra que a las puertas del desierto de Sahara.

De regreso a la ciudad nos detuvimos en el animadísimo Mercado Central, que funciona en un edificio art déco furiosamente amarillo y en cuyos laberintos se codean vendedores de relojes falsos y cucarachas verdaderas, modistas al paso y libreros ambulantes. Como no estábamos para insectos nos fuimos a almorzar a una de las varias posadas que funcionan a la vera del lago Boeng Kak, lo que de paso sirvió para husmear el gueto mochilero de Phnom Penh, donde los jóvenes extranjeros encuentran habitación con ducha y w.c. por menos de cinco dólares, comen, beben, juegan al pool y ven televisión. Visitamos la tienda de un amable británico que vendía discos pirateados y remeras a la moda, y caminamos un rato por el suburbio vecino al lago, mientras las familias del barrio holgazaneaban a la sombra jugando a las cartas y los gatos se peleaban salvajemente en los techos.

Otro tuk tuk nos devolvió al asfalto, lo que supuso un nuevo paseo por los generosos bulevares de Phnom Penh, sembrados de karaokes y altamente transitados a pesar del día, y más tarde visitamos el viejo mercado vecino a la terminal de ferries. Vimos el atardecer desde la explanada del Palacio Real, justo frente al Tonle Sap, donde un gran número de parejitas felices y enamoradas se hacían fotografiar bajo la atenta mirada de Norodam Sihanuk, que todo lo observaba desde un gigantesco retrato. 

Es cierto: los domingos no son nada sombríos en Phnom Penh. Pero Camboya es, más allá de su contagiosa vitalidad, un país triste. Por más que todo el mundo sonría, es como si ese gesto quisiera endulzar, en un segundo, una amarga historia tejida a lo largo de siglos. En cierto modo, esa sonrisa contemporánea y cotidiana no es menos enigmática que la de los rostros de Bayon en los que uno sigue pensando de regreso a casa. Esos rostros monumentales llevan siglos a la intemperie y, como los camboyanos de a pie, lo han soportado todo: los azotes del monzón y el bochorno de la estación seca, el saqueo de refinados anticuarios extranjeros y la metralla de los bárbaros Khmer Rouge locales, la indolencia de los turistas que pasan a su lado pensando solo en Angelina Jolie y la vana pretensión de los viajeros que queremos aprehender siglos de historia en apenas un par de días. 

Mirada desde esa perspectiva, la sonrisa de Angkor, esa célebre mueca en la que los historiadores del arte han querido ver la autoindulgencia de quien se repliega sobre sí mismo entregándose a la compasión interior, parece el único gesto posible de este país. El único gesto posible ante tanta belleza torturada.

(*) Esta crónica apareció originalmente con el título La belleza torturada en mi libro Una forma de viajar/Placeres Mundanos, publicado en 2010 por Aguilar.