MILAGRO NORDESTINO

La generosa geografía atlántica de Brasil siempre esconde otro recodo para seducir a los viajeros adictos al sol y la sal. Apenas un par de horas al norte de la trillada Maceió, y con la encantadora Sao Miguel dos Milagres como epicentro, la Ruta Ecológica de Alagoas es el nuevo imán de un nordeste chic, low-profile… y muy auténtico.

Pérgola con vista al mar en la posada  Aldeia Beijupirá .

Pérgola con vista al mar en la posada Aldeia Beijupirá.

Todavía es posible, sí señores: playas desiertas en el nordeste brasilero, sin edificios altos ni resorts all inclusive a la vista; restaurantes en los que almorzar o cenar en silencio, incluso sin zapatos; posadas de elegancia informal, pero con todas las comodidades, donde los niños tienen vedada la entrada (hay de las otras, tranquilos); y sobre todo, un paisaje deslumbrante en el que la vida real no ha desaparecido por completo ni está amenazada de muerte por el turismo. 

En otras palabras, un secreto a voces en el mapa de Brasil donde el desarrollo está en su punto justo: ya hay una infraestructura lo suficientemente tentadora como para atraer viajeros exigentes y, al menos por ahora, también sobrevive el sabor local. Para que nadie olvide dónde está. 

¿Dónde? En la Ruta Ecológica de Alagoas, que empezó a promoverse tímidamente en los años 90 y hoy se impone como uno de los mayores atractivos de ese pequeño estado. El secreto para recorrerla como dios manda consiste en aterrizar en el aeropuerto de Maceió, alquilar allí mismo un auto y poner proa al norte sin pisar siquiera la ciudad. En menos de dos horas el viajero estará en el corazón de esa ruta, que oficialmente se extiende desde la Barra de Camaragibe y la localidad de Japaratinga. Son unos 40 kilómetros de playas (en buena medida desiertas, y desiertas en serio), bordeadas de enormes coqueirales e interrumpidas, de tanto en tanto, por pequeños poblados: Marceneiro, Riacho, Toque, Sao Miguel dos Milagres, Porto da Rua, Tataumunha, Porto de Pedras. Reinan las enormes antenas parabólicas y las pequeñísimas iglesias, los niños juegan en la calle hasta muy tarde, y la pesca, claro, impone sus reglas en la vida cotidiana. 

Sao Miguel dos Milagres vista desde lo alto.

Sao Miguel dos Milagres vista desde lo alto.

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En cuanto a la oferta turística, el abanico de posadas (muchas de ellas en manos de europeos), es casi tan generoso como el paisaje; y conviene saber que elegir una no obliga a confinarse en ella. Las otras (salvo en el pico de la temporada alta, cuando estando completas no toman reservas para atender en sus mesas a clientes de fuera) pueden visitarse a la hora del almuerzo o la cena. También hay un pequeño rosario de restaurantes, muy bien atendidos, en los que probar recetas locales (pescados y mariscos son el fuerte, naturalmente), beber caipirinhas exóticas con las más variadas frutas tropicales, o dejarse tentar por platos insólitos, como el carpaccio de sandía con muzzarella de búfala, rúcula, castañas y aceto balsámico que sirven en No Quintal. Sin mayores atracciones turísticas a la vista (olvídense de la excursión río adentro para ver manatíes: no es necesario), el otro secreto consiste en aprovisionarse debidamente de libros y protector solar, mantener la calma, entregarse al dolce far niente y estar atento al horario de las mareas. A fin de cuentas son ellas, y no el reloj, las que imponen la agenda en esas playas bañadas por aguas que combinan todos los tonos de verde, azul y turquesa. 

La piscina de  Aldeia Beijupirá  y, abajo, dos imágenes interiores de la misma posada.

La piscina de Aldeia Beijupirá y, abajo, dos imágenes interiores de la misma posada.

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Los jardines de la posada  Patacho .

Los jardines de la posada Patacho.

Un deck en la  Pousada Xuê .

Un deck en la Pousada Xuê.

La entrada del restaurante Amor y, abajo, una vista interior.

La entrada del restaurante Amor y, abajo, una vista interior.

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Pronto para servir una  moqueca  en la posada  Casa Acayu.

Pronto para servir una moqueca en la posada Casa Acayu.

Mesa para dos en el restaurante  No Quintal .

Mesa para dos en el restaurante No Quintal.

Eso sí, no hay que demorarse mucho en conocer este privilegiado rincón de Brasil. Es probable que las vecinas Maceió, Maragogi y Porto de Galinhas sigan reteniendo al pelotón de turistas menos exigentes, es cierto. Pero de un tiempo a esta parte, algunas de las más animadas fiestas de reveillon de todo Brasil han puesto a Sao Miguel en el radar de gente muy avispada. Si la movida se extiende más allá del feriadao… el milagro podría no ser eterno.

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