PARAÍSOS PERDIDOS

Como sabemos desde tiempos bíblicos, los paraísos son para perderlos, no para encontrarlos. Sin embargo, no deja de ser una mala noticia que rincones bellísimos del planeta hoy estén en peligro. Y por culpa nuestra. Tras el reciente anuncio del “cierre” de la famosa Maya Bay en Tailandia, esta crónica recrea dos desencuentros en el sudeste asiático, donde no solo el paisaje está amenazado: también el espíritu. (*)

Las malas noticias se suceden un día sí y otro también: Venecia jaqueada por las hordas, Bali rodeada de un mar de botellas de plástico, Machu Picchu desbordada de gente, Santorini tomada por los cruceristas, las escaleras de los templos de Bagan, en Myanmar, al borde del colapso…Víctimas de su propio éxito, esos y otros tantos lugares del mundo interpelan hoy a la responsabilidad de la industria turística y a la sensibilidad de los viajeros.

El nuevo capítulo de esta triste saga llega ahora desde Tailandia, donde las autoridades están considerando prohibir la entrada de barcos a la famosa Maya Bay, en Ko Phi Phi, al menos durante unos meses. Quieren recuperar sus arrecifes de coral, brutalmente agredidos desde hace años por el impacto de un turismo masivo que vomita, en esas aguas, hasta cinco mil visitantes al día.

Ese deslumbrante archipiélago del mar de Andaman saltó a la fama mundial tras convertirse en el escenario de La playa, aquella película estrenada en el 2000, basada en la novela de Alex Garland y protagonizada por Leonardo di Caprio, que recrea en la pantalla grande las peripecias de un grupo de mochileros en aquel rincón del mundo.

La playa prometía ser una película contemporánea ambientada y rodada en Tailandia con la que el país se reivindicaría a los ojos de Occidente, mostrando orgulloso su condición de paraíso. Eso explicó el entusiasmo con que trabajaron los casi 200 técnicos locales que se unieron al equipo de filmación, y el de los cientos de ciudadanos tailandeses que actuaron como extras. Pero a Hollywood todavía le quedaba por ganar otra batalla en el sudeste asiático: la ambiental. Porque sucede que la Twentieth Century Fox decidió que sería mejor transformar las dunas de la playa y agregar al menos cien palmeras para que el paraíso se viera… más paradisíaco. Los grupos ecologistas pusieron el grito en el cielo (llegó a hablarse de la disneylización de las islas Phi Phi), pero tras negociaciones varias buena parte de la película se rodó finalmente en Maya Bay (que forma parte del parque nacional de Phi Phi Leh, la isla inhabitada del archipiélago) donde la productora fue autorizada a plantar 73 palmeras y hacer retoques varios en la bahía, a condición de devolverla a su estado anterior una vez finalizado el rodaje. Como se sabe, el film fue un éxito internacional rotundo; y hasta donde se supo, Maya Bay volvió a ser lo que era: una playa bellísima… y una trampa turística al mismo tiempo.

En la siempre afanosa y vana tarea de encontrar la playa perfecta, la Sra. A. y yo estuvimos allí en el lejano enero de 2004, año que acabaría con el trágico tsunami que azotó a varios países bañados por el Índico. A bordo del barco que nos trasladó desde el hotel, nuestros únicos compañeros de ruta rumbo a ese paraíso de película resultaron ser una pareja estadounidense de bastante mal humor y peor estado físico, y una madre e hija francesas, naturales de Poitiers, que fueron poniéndose conversadoras y simpáticas conforme avanzaba la mañana. Después de unos preparativos algo extensos, sobre todo habida cuenta de la menguada tripulación y el escaso pasaje, nuestro barco zarpó de Lanna Bay, circunvaló buena parte de Phi Phi Don, y por fin avistó las monumentales torres calizas de las célebres Phi Phi Leh, que se recortaban en la bruma marina. Esos impresionantes farallones, con su base minada de cuevas provocadas por la erosión del mar y coronados por auténticos invernaderos tropicales, tienen millones de años de edad. Son los restos de una cadena montañosa que supo extenderse desde la China hasta Borneo y se los llama Karst, porque su empinada silueta, esculpida por el viento, la lluvia y las mareas, recuerda la región de piedra caliza del mismo nombre ubicada en la costa dálmata de la vieja Yugoslavia.

Pronto estuvimos en la cinematográfica Maya Bay, tomada por asalto por una fauna tan desagradable que conspiraba seriamente contra sus indiscutibles encantos naturales y se tornaba ella misma atracción principal del lugar. Hordas de asiáticos de nacionalidades varias, todos ellos de una asombrosa palidez y en general vestidos incluso dentro del mar; musculosos de cuerpos tatuados y aire sajón; parejitas multinacionales prodigándose mimos en exceso en la orilla; matrimonios sesentones, o setentones, quizá celebrando una segunda o tercera luna de miel en el trópico, quizá festejando una reciente jubilación; señoritas regordetas de Kansas, de Ohio, de Oklahoma y de Minnesota protegiendo sus rosadas carnes con las toallas de los hoteles empapadas en agua de mar; y por si todo eso fuera poco, un insoportable y peligroso tráfico acuático hecho de cruceros, lanchas, botes inflables, barcos de cola larga, kayaks y todo tipo de embarcaciones, incluyendo gigantescos ferries cuyos altoparlantes rugían instrucciones más dignas de un campo de concentración que de una playa paradisíaca.

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Dedicamos un rato razonable a la observación de tan dantesco espectáculo, pusimos un pie en La Playa para comprobar cómo se veía la mítica bahía desde sus arenas y nos mandamos mudar. Hicimos una segunda escala en Monkey Bay, donde el snorkel resultó bastante mediocre, y por fin desembarcamos en la gloriosa Nui Bay, en cuyas aguas pudimos por fin nadar a solas, lo que nos permitió sospechar cómo habría sido Phi Phi Leh antes de mister Di Caprio. Habida cuenta de que aquella desilusión tuvo lugar hace casi 15 años, no es difícil imaginar en qué estado estaría esa playa ahora, cuando las autoridades del país se disponen a cerrarla al público (al menos a los visitantes que llegan en barco, según las últimas noticias) por un tiempo.

Curiosamente, el éxito turístico puede amenazar no solo el patrimonio natural o tangible de un lugar. También puede alterar su espíritu. En ese mismo viaje por la península indochina descubrimos Luang Prabang, una deliciosa ciudad de Laos, conocida como la capital espiritual del sudeste asiático, que se alza en una península flanqueada por el río Khan a un lado y por el Mekong al otro. La naturaleza la dotó de bellísimos paisajes y la mano del hombre de delicados templos. Con sus calles de tierra, sus casas tribales en madera, sus dorados santuarios y sus mansiones coloniales en estuco, Luang Prabang se ganó un lugar en el mapa cuando en 1995 la UNESCO la elevó a la categoría de la ciudad mejor preservada de la región y declaró su casco histórico Patrimonio de la Humanidad. Por eso fuimos hasta allí. Después de dos incómodos días navegando el Mekong desde el norte de Tailandia, la llegada al encantador Apsara Hotel, regenteado por el inglés Ivan Scholte, nos resultó un cúmulo de requiebros civilizados: empezando por la recompensa de una estupenda ducha de agua caliente, que tanto echábamos en falta después de 48 horas sin un baño como dios manda; siguiendo por los encantos de una habitación con piso de encerados tablones de madera, techo revestido en bambú, sillas de caña, lámparas de colores, cortinas de seda y una gloriosa cama vestida de blanco; y terminando por las delicias del fabuloso cocktail de la casa, un daiquiri de lima con lychee tan famoso que ya entonces figuraba en las más glamorosas revistas internacionales de viajes.

Nada de austeridad monacal en la Luang Prabang del tercer milenio, entonces. En ese insólito jardín tropical enclavado en el corazón de Indochina, donde el aroma que brota de los árboles se mezcla con el del incienso que se enciende en los templos, los ingredientes son de lo más diversos. Por un lado, el espíritu budista que envuelve el lugar. El desfile de monjes es tan persistente, y de pronto tan decorativo, que si uno se pusiera más irónico de la cuenta diría que parece ordenado por el gobierno para deslumbrar a los extranjeros. Después, el tufillo comunista que flota en el aire, se materializa en el uniforme escolar de los niños, que tanto recuerdan a los pioneritos cubanos; se evidencia en el adusto rostro y las malas costumbres de los funcionarios públicos; se vuelve patético en el exceso de unos enormes billetes que no sirven para nada. Y por último, la misma impronta cosmopolita, sensible y gay que se percibe en todo rincón del mundo en el que está a punto de pasar algo. Esa mano se deja sentir en las elegantes tiendas, regenteadas mayormente por extranjeros que venden delicadísimos textiles y otros objetos decorativos, así como en los restaurantes que sirven platos similares a los que podrían encontrarse en un sitio a la moda de Buenos Aires, Barcelona o Berlín. En fin, un paisaje mucho más complejo que el de la ciudad congelada en el tiempo que prometen las guías cuando hablan de Luang Prabang, último refugio de los soñadores.

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Se supone que la gente va hasta allí a ver templos budistas. Y es lo que hicimos. Por ejemplo, visitamos el Wat Xiang Thong, que data de 1560, con sus graciosos y ondulados tejados, y sus pinturas doradas relatando brutales escenas de castigo a los infieles, los asesinos y los adúlteros; tuvimos la suerte de que abrieran el Wat Saen sólo para nosotros, y de escuchar durante un largo rato a un puñado de novatos desgranando vocales y más vocales en el vecino Wat Sop; trepamos la colina sagrada, Phou Hill, desde donde la ciudad me recordó ligeramente a la brasilera Olinda, igualmente sembrada de palmeras y recintos religiosos; y tras ascender una escalera flanqueada por dos nagas de siete cabezas husmeamos un rato en el Wat That, en cuya famosa ventana se cepillaba sus enormes dientes un monje de mediana edad. 

Pasear por las calles de Luang Prabang es una verdadera delicia. El plan urbano de la pequeña ciudad, que en rigor es la sumatoria de las villas que se fueron desarrollando en torno a sus múltiples templos, permanece casi incambiado desde el siglo XIV. Su paisaje, alegrado por maderas policromadas, columnas laqueadas, mosaicos brillantes y dorados a la hoja, es el mudo eco de la Asia medieval que ya no sobrevive casi en ninguna otra parte del continente. Pero habida cuenta de aquella otra oferta, la de una Luang Prabang cada vez más cool, más a mano y más visitada, las tentaciones también se multiplicaban sorprendentemente en otros sentidos: cafés, restaurantes, pubs, discotecas… un verdadero rosario de antros cosmopolitas donde turistas de todo el mundo iban (siguen yendo) a rodar su propia Casablanca.

Con todo, las estrellas del lugar eran (siguen siendo) los monjes. Y con ellos fue nuestra cita tempranera de la primera jornada en la ciudad. Fuimos a su encuentro mientras caminaban en busca de su ofrenda matinal, que consiste básicamente en los puñados de arroz gomoso que los fieles de la ciudad, ansiosos por sumar méritos cada día, depositan en sus cuencos. Minutos antes del amanecer, una larga procesión de hábitos azafranados rompe la oscuridad de la madrugada. Si uno aguza el oído, puede percibir el sonido que describen las plantas de sus pies deslizándose por la calzada. Siempre hubo algo de espectáculo turístico en todo esto, por cierto, y ya por entonces en la calle principal se agolpaban unos cuantos extranjeros, cámara fotográfica en mano, como si se tratara de un safari y los somnolientos monjes fueran una exótica presa de caza. Pero hasta hace unos años bastaba alejarse un poco de las posadas más céntricas e internarse en las callejuelas secundarias de la península para toparse con otra escena: con sus cestos de bambú cargados de arroz humeante, decenas de fieles ancianos aguardaban el paso de los monjes y aprendices que avanzaban con sus cuencos semiabiertos en espera de la ofrenda de rigor. Sin flashes a la vista, el cuadro recobraba su dimensión espiritual y era la postal más auténtica de la rutina de una ciudad en la que, sin embargo, estaba a punto de pasar algo.

Y pasó. Y sigue pasando ahora mismo, cuando las camionetas que llevan turistas chinos y los diseminan por toda la ciudad disfrazados de fieles (no es una metáfora) se cuentan por decenas cada día. El turismo se multiplicó, los teléfonos celulares reemplazaron a las pesadas cámaras tornando el safari fotográfico aun más accesible, y hasta florecieron puestos de venta de arroz para los visitantes extranjeros, que naturalmente pierden más tiempo posando para la foto que prestando atención a los monjes. Un par de años después de nuestra visita a Luang Prabang, cuando la situación todavía no era tan grave, un artículo del New York Times daba cuenta del drama y la paradoja que suponía para la ciudad haber sido puesta en la mira internacional gracias a su buen estado de preservación. En palabras del francés Gilles Vaultrin, un ingeniero retirado que por entonces llevaba más de una década viviendo allí, el problema es que estaban protegiendo el hardware de Luang Prabang pero no su software. Es decir, a pesar de los esfuerzos por mantener el paisaje lo más intacto posible, la ciudad estaba perdiendo su carácter, su autenticidad y su cultura, puesto que sus rituales cotidianos se habían transformando en un show. En esa misma nota, publicada en abril de 2008, Nithakhong Somsanith, un bordador dedicado a la preservación de las artes tradicionales de Laos, se quejaba de que los monjes ya no tenían espacio para meditar en calma. 

Lo que le ocurre a los monjes de Luang Prabang es tragicómico. En el tramo de su caminata diaria por la calle principal, la Sisavangvong Road, ellos, que pasan el día en base a arroz, desfilan ante carteles que rezan Pizza Luang Prabang, Pack Luck Liquor, Walkman Village, German Ice Cream o Café des Arts Restaurant and Bakery. Muchos de los novatos, que históricamente se internaban al menos durante varios meses en los templos para estudiar religión, terminan pasándose rápidamente a las filas de la industria turística. Aprenden inglés y pronto se emplean en tiendas o restaurantes, lo que les resulta más divertido y, por cierto, les reporta un dinero con el que jamás hubieran soñado. Como sucede en Venecia, buena parte de la población local se está viendo tentada a vivir fuera de la ciudad. Por un lado, porque las costumbres han cambiado rápidamente (ahora los bares pueden permanecer abiertos hasta la medianoche, cosa impensable un tiempo atrás); y en segundo lugar porque ven un buen negocio en alquilar sus casas para que otros abran en ellas una tienda o un albergue boutique. Así, Luang Prabang ha ido perdiendo su ambiente peligrosamente. 

Se trata de un verdadero dilema, puesto que a diferencia de lo que ocurre en otros sitios patrimoniales de Asia, cuyo encanto radica básicamente en la arquitectura (como Angkor, en la vecina Camboya), en Luang Prabang el sello distintivo no es tanto la monumentalidad de los templos o edificios (que aunque son bellísimos no atraerían multitudes por sí solos), sino más bien el efecto del conjunto, el ambiente apacible, el clima casi aldeano, el tempo de vida. Una vez que ese ambiente se haya perdido del todo, Luang Prabang podría volver a desaparecer del mapa. Como dice Vaultrin, el proceso de gentrification de que está siendo objeto puede convertirla rápidamente en una ciudad-museo, en una ciudad-hotel. A los turistas podrá gustarles cada vez más, pero será cada vez menos Luang Prabang. 

La propia UNESCO ha advertido los riesgos de no tomar medidas a tiempo para frenar el impacto: el paisaje puede terminar dominado por los carteles de los negocios, el ruido de los buses para turistas acabar opacando las suaves plegarias que emergen de los templos, y los residentes locales transformándose en actores de un parque temático cultural. Laurent Rampon, un arquitecto francés especialista en conservación de patrimonio, ex director de la Heritage House de Luang Prabang, resume así la paradoja que vive la encantadora ciudad: la UNESCO le otorgó la etiqueta de sitio patrimonial, en parte, para reducir la pobreza. Pero reducir la pobreza también significa reducir el patrimonio. Para preservar uno hay que mantener la otra.

Es cierto que Luang Prabang anida en medio de unas verdes montañas que van a sobrevivirnos, que su legado arquitectónico y cultural retrotrae la imagen de un continente desparecido en el tiempo, que en sus patios traseros la vida sigue latiendo a ritmo casi rural, que en las aldeas vecinas viven etnias legendarias y que en su casco histórico nacieron muchos de los rituales nacionales con que hasta hoy se identifica a Laos. Todo eso hace de ella una ciudad deliciosa. Pero por mucho que su oferta gastronómica se haya multiplicado y sofisticado, el presente de Luang Prabang también tiene sus sinsabores. Y lo que no pudieron el paso del tiempo, las bombas estadounidenses ni la revolución comunista, tal vez lo pueda ahora el apetito voraz de los extranjeros que desembarcamos alegremente, en busca de nuestra ración de exotismo, donde otros caminan a diario por un puñado de arroz.

* Buena parte de esta crónica descansa en fragmentos de dos capítulos de mi libro Una forma de viajar/Placeres Mundanos, publicado en 2010 por Aguilar.

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