CHECK IN: DIEGO VELAZCO

A este reconocido fotógrafo y artista visual uruguayo, co-fundador de Dominó Photo y Aguaclara Editorial, le ha tocado trotar el mundo por placer y por trabajo. Recién llegado de China, responde aquí nuestras 20 preguntas viajeras y nos pasea de Córdoba a Venecia y de Ciudad de México a Cabo Polonio. Entre otros flashes, claro.

En un río de Guilin, China, haciendo foco a bordo.

Para empezar, ¿cuál es el primer viaje fuera de fronteras que atesora su memoria?

Un viaje a Córdoba, con toda la familia. ¡Éramos siete dentro del auto! Mi madre embarazada, mis padres jóvenes: fue inolvidable. Lo recuerdo como un sueño muy tierno. Mi padre nos hizo tomar por primera vez una bebida achocolatada de marca Sindor, y nunca me olvidé de ese gusto. Además, me compré un cuchillo de campamento que todavía conservo y un muñeco de madera con una mochila en su espalda que me acompaña en todos mis viajes, como un amuleto. Yo tendría 11 o 12 años.

¿A qué lugar del mundo quisiera volver una y otra vez?

A Menorca o algún lugar de la costa de Italia. En ambos lugares fui muy feliz. Aunque a esta altura de mi vida no quiero repetir… algunos lugares tientan a volver.

¿Cuál es el mejor hotel en el que se haya alojado?

No sé exactamente en qué sentido un hotel puede ser el mejor. Me ha tocado estar en algunos de gran porte y varias estrellas, pero quizás no fueron los que me hicieron sentir o disfrutar más el viaje. En Venecia estuvimos en un pequeño palacete que cada mañana y cada noche nos deslumbraba con su energía, con la magia de sus paredes tapizadas, sus cristales y una iluminación exquisita. Ese tipo de hoteles con encanto son parte del viaje: suman y mucho.

¿Y el mejor restaurante en el que se haya sentado a comer?

En México, en el DF, de pura casualidad con dos amigos pudimos tomar una reserva cancelada en Pujol, que tiene dos estrellas Michelin. Fue una cena en siete pasos de puro México contemporáneo, una vivencia gastronómica inolvidable. Pero como ocurre con los hoteles, el mejor restaurante también puede ser un sitio cualquiera de Portugal que nos sirva a mi mujer María y a mí unas sardinas a la parrilla con sal y un par de copas de cerveza helada. Eso también es inolvidable.

Describa el almuerzo o la cena más memorable de su último viaje.

Estuve en China hace muy poco por trabajo. ¡Qué difícil y curioso es comer por esas tierras! ¡Qué sabores increíbles te llegan al paladar! Gustos realmente nuevos. Entre las sorpresas que nos llevamos cito un flan con camarones. Curiosamente, al no tener azúcar, el flan sabía muy bien. Con salsa de soja y verdes era un plato realmente diferente, difícil de olvidar y estéticamente muy lindo.

Evoque un museo, un cuadro o cualquier otro encuentro con el arte que lo haya conmovido especialmente andando por el mundo.

Por mi profesión, siempre que viajo uno de mis objetivos es visitar los museos clásicos y contemporáneos. Uno de los recuerdos relacionados al arte que más me impactó en la vida fue la serie de seis tapices de La Dama y el Unicornio en el Museo de Cluny de París. Yo era joven, y contemplarlos me hizo llorar de emoción. Al margen de ese recuerdo puntual, generalmente las obras de arte me conectan con el autor, pienso mucho en él o en ella… no tanto en la obra. Se me genera una suerte de encuentro astral. Por otro lado me gustan mucho los retratos, y el Corredor de Vasari, en Florencia, fue un antes y un después en mi vida. Como decía el gran Cartier-Bresson: “mientras alguien mire a los ojos de los retratados, estos estarán vivos”.

Mencione un libro, una película y/o un disco que lo hayan inspirado a viajar a algún lugar.

Tengo un sueño: ir a Grecia, donde nunca fui. Y particularmente a la isla de Hydra, que fue el refugio creativo y el hogar vital de Leonard Cohen durante la década de los 60. Este sueño surge luego de ver Marianne & Leonard: Palabras de amor, un documental de 2019 imperdible.

¿Qué destino lo desilusionó por completo o no estuvo a la altura de sus expectativas? ¿Por qué?

Diría que casi ninguno. Siempre encuentro algo interesante y disfruto. Busco, me mezclo y aprendo. Lo que me está desalentando ahora es la cantidad de gente que hay en los destinos clásicos del mundo. Hay que ir fuera de temporada o ya no se disfruta. Los turistas arruinamos los paisajes.

¿Qué es lo que no puede faltar en su valija cuando sale de viaje?

El amuleto que ya mencioné, un tag de rastreo en caso de que el equipaje se extravíe y un par de libros.

Mencione uno, dos o tres souvenirs de viajes que ocupen un lugar importante en su casa y en su corazón.

Una esfera de vidrio amarillo, casi del tamaño de una pelota de fútbol, que diseñó el arquitecto mexicano Luis Barragán. Algo típico de su mundo: la luz, los colores, el reflejo. Siempre me traigo algo, alguna artesanía o algún recuerdo que me conecte con lo vivido De China me traje una mantis con una hermosa postura, de unos 20 centímetros, hecha de paja. Se la compramos a un hombre de la calle que vivía de este arte.

El viaje perfecto es: ¿solo, en pareja, en familia, con amigos o en grupo?

Me tocó viajar muchas veces solo y lo disfruté muchísimo. Pero si tengo que elegir, la mejor forma es hacerlo con mi mujer, María. Nada más disfrutable. En familia también es un plan soñado, quizás más difícil, pero los recuerdos son enormes. Con amigos sí, pero sólo si hay mucha confianza y entendimiento.

¿Cuál es, para usted, la calle más linda del mundo?

Hay miles… pero la calle Ámsterdam, en Ciudad de México, es increíble. Fue una pista de carreras de caballos de antaño y, con el tiempo, ese hipódromo desapareció y bautizaron a esa calle Ámsterdam, que mantiene la forma elíptica de la pista. Tiene casi dos kilómetros de largo, y si no sabés la historia, seguro te vas a sorprender porque llega un momento en que te comenzás a preguntar: ¿no estuve aquí hace un rato? Es selvática, con esa hermosa arquitectura mexicana, cafés, restaurantes y tiendas. La elijo siempre.

¿Un rincón del planeta especialmente recomendable para deslumbrar la vista?

Nueva York desde el puente de Brooklyn. Hay que cruzarlo caminando, al atardecer. En un momento te das vuelta y Manhattan te deslumbra. También diría que luego de hacer el Camino del Inca, en la Puerta del Sol, al atardecer y con Machu Picchu a tus pies, se te cae una lágrima. Y no olvidaría mencionar las Cataratas del Iguazú: Adán, Eva y el paraíso. ¡Y quedan tan cerca!

¿El olfato?

La India. Nada como los olores de esas tierras llenas de colores y sabores ancestrales.

¿El oído?

Cualquier selva del mundo. Los pájaros de Puerto Rico, los sonidos de la naturaleza en Costa Rica, la música de Cuba y de Brasil… Creo en materia de sonidos el continente americano se llevan todos los premios.

¿El gusto?

España e Italia, que para mí son los países donde mejor se come. También me voló la cabeza la comida de los países nórdicos. Conocí Suecia y Dinamarca, que alcanzan una dimensión muy sofisticada.

¿Y el tacto?

Las playas del mundo: el agua, las rocas, la sal en el cuerpo. El Mediterráneo… ¡y Cabo Polonio!

Si pudiera convencer a una celebridad internacional, de cualquier tipo, para que lo guiara por el lugar donde vive, ¿a quién elegiría y qué le pediría que le mostrara?

Iría a algún lugar muy remoto, como por ejemplo Siberia, o algún otro confín del mundo, y elegiría una persona cualquiera, quizá un artista, que tuviera una vida completamente ajena a la mía, lejana. Con un idioma incomprensible y otras dimensiones de todo.

¿Cuál es el destino pendiente que ahora mismo lo obsesiona?

Grecia, como dije. Y también me gustaría recorrer los países nórdicos. Ahí hay mucha historia y cultura.

Cuando vuelve de viaje, Montevideo le parece…

Siempre me gusta volver. Amo esta ciudad, con sus problemas y sus contradicciones, pero con la familia, el hogar y los amigos, con la tranquilidad de la rutina que fluye… con la esperanza de que vayamos convirtiéndola en un mejor lugar para todos. Es difícil no comparar con lo que uno experimentó. Trato de no bajonearme por momentos, porque cuesta ver lo deteriorado de algunos espacios, lo que hemos perdido a nivel patrimonial y cultural. Nos queda mucho que recorrer. No hay que olvidarse de que sólo tenemos 300 años.

ENTREVISTASWalter Sunga