SIESTA BARROCA

Iglesia de Sao Francisco de Assis, Ouro Preto.

Iglesia de Sao Francisco de Assis, Ouro Preto.

A las tres de la tarde, aquel caluroso día de enero se hizo noche. La puntual bruma que cada amanecer envuelve y refresca las colinas de Ouro Preto había dejado paso, más temprano, a una jornada luminosa; el cielo había elevado su manto para desnudar los tejados portugueses que salpican de rojo tierra la Vila Rica y las bajas nubes blancas habían renunciado ante sus altos y orgullosos campanarios.

Pero ahora un diluvio casi bíblico lavaba cada piedra y la ciudad entera parecía resbalar por sus laderas. Yo venía de celebrar un almuerzo digno de un hambriento bandeirante del siglo XVIII: de aperitivo, un petisco memorable hecho de polenta, carne de sol y queso, que llegó a la mesa en un pequeño recipiente de piedra jabón; como plato principal, un suculento feijao tropeiro, desbordante de porotos, arroz, huevos, cebolla y tocino de cerdo; y a los postres, un puñado de tentadores dulces mineiros.

Mi mañana había comenzado mucho más ligeramente, alimentando el espíritu frente a escenas de la vida de Abraham, junto a San Pedro arrepentido luego de negar a Cristo y bajo el sinfín de adorables querubines que en las alturas de la nave de San Francisco de Asís rodean a Nuestra Señora de la Concepción y se disponen a glorificarla. Salí de allí reconfortado por tanta belleza, aunque fastidiado por el hecho de que el genial Manuel da Costa Athaide estuviera condenado a vivir para siempre a la sombra del célebre Aleijadinho, cuyos consabidos tormentos físicos, relatados hasta el hartazgo en los  folletos turísticos y repetidos una y otra vez por los fastidiosos guías, acababan robándose la atención de buena parte de los visitantes. La gente -pensé- debe volverse de Minas Gerais con más información del mal de Hansen que del barroco brasileño. Esquivé el enjambre de improvisados cicerones que salen al paso en la plaza Tiradentes y consagré las horas que me separaban del mediodía a deambular, sin más, entre los caserones coloniales de arquitectura severa y las fuentes que ofician de gracioso contrapunto aquí y allá.

Di cuenta del último brigadeiro que quedaba en mi plato de dulces, pagué la cuenta, salí a la calle y saboreé esa clase de felicidad que sólo se experimenta de viaje, con los vaivenes del alma sedados y los sentidos del cuerpo electrizados. Mi gusto estaba satisfecho por los recientes manjares, inimaginables en casa; el tacto estimulado por un aire que empezaba a crisparse aliviando la piel, castigada tras horas bajo un sol de justicia; el olfato excitado por el inminente aguacero, que se adivinaba imperial; la vista deslumbrada por los furiosos grises que rápidamente iban oscureciendo aquel colorido telón tropical, y el oído agradecido por unas estrofas de Adriana Calcanhotto que se escapaban a través de las ventanas de una República Estudiantil cercana. Estaba en Brasil otra vez y otra vez Brasil estaba en mí. No habría lluvia capaz de aguarme esa fiesta.

Con todo, el lento ascenso desde el encantador puente de Marília hasta la habitación de la Pousada do Mondego que me esperaba en el Largo de Coimbra fue un pequeño calvario, puesto que a cada pisada le sucedía una estocada en las pantorrillas, que así acusaban los rigores de una ciudad endiablada. Pero aquel dolor era, a fin de cuentas, el precio justo y necesario para expiar la culpa de disfrutar de semejante paraíso terrenal sin remordimientos. 

Un trueno lento y asordinado me convenció de entregarme al delicioso pecado de una siesta, y se me antojó que esa pequeña decisión acabaría por ubicarme más cerca de los viajeros devotos que de los infieles turistas. El agua golpeaba las plantas con la dulzona insistencia de una melodía de Villa Lobos, y salpicaba las viejas maderas del piso a través de las persianas entrecerradas. Menos folclórica, pero igual de fuerte, la marea interior provocada por el banquete del mediodía se ocupó del resto: cerró mis ojos y me sumergió dulcemente en las aguas del sueño.

Esa tarde vinieron a mí apóstoles deformes que descendían a las fértiles minas en busca de oro y diamantes. Esclavos de Guinea, Angola y Benín encerrados en enormes oratorios de salón. Inconfidentes llagados que avanzaban en procesión rodeados de candelabros de plata e imágenes recamadas. Ángeles tan dorados como perversos que arrancaban metal de las entrañas de mujeres con enormes pechos negros y pezones coronados por pepitas. 

Una, dos… cinco campanadas procedentes de la vecina Orden Tercera de San Francisco clausuraron el sueño. Necesité unos instantes para recordar donde estaba, porque una siesta en tierras extrañas y los efectos de una digestión pesada pueden trastornar tu mente. Miré por la ventana. El sol bañaba otra vez Ouro Preto. De sus viejas piedras subía ahora un vaho caliente, casi infernal. Me lavé la cara. ¿Estaría a tiempo de visitar otra iglesia?

 

(*) Esta crónica forma parte de mi libro Una forma de viajar/Placeres Mundanos, publicado en 2010 por Aguilar.